miércoles, 3 de agosto de 2016

Inconfesable

Inconfesable

Lloraba inconsolablemente.  No hacía aspavientos.  Sencillamente sus lágrimas rodaban incansables por las mejillas.  A veces un hondo suspiro levantaba esos senos turgentes.  Él no podía parar de mirarla y un deseo profundo de abrazarla, de consolarla le embargaba todo.
Pobrecilla. ¿Qué sería lo que le ocasionaba ese dolor tan grande?
De pronto sus ojos casi obligados descendieron a regañadientes por su cuerpo.  Ese hermoso y plano abdomen, esa divina cadera, esas piernas magnificas… hasta los que presumía serían unos pies tan perfectos y magníficos como el resto de la admirable dama.  Pero no.  ¡Oh gran sorpresa!  Esos pies trataban que escapar de las sandalias que los atrapaban y que ningún otro calzado muy seguramente lograría contener. 
Unos dedos enormes, contrahechos la desfiguraban plenamente.
Después de verlos las ganas de consolarla pasaron al instante y esas  lágrimas inconsolables le parecieron las más adecuadas y necesarias. 
¡Dios mío!  Contárselos era lo menos que merecían.

Patricia Lara P.

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