viernes, 27 de febrero de 2026

La muerte

 

La muerte

La muerte esquiva, pero presente y cercana. La única certeza que tenemos. La que sabemos que llegará si o si. Aquella a la que le veremos el rostro pálido y sombrío, la que nos acariciará con esas manos huesudas y frías, pero cargadas de reminiscencias; de sueños realizados e inconclusos. Ella, la cierta. 

Patricia Lara Pachón 




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Implacable

 

Implacable 

El tiempo que transcurre a su paso y medida. Y va como si nada. Deja su huella implacable en cada uno de nosotros. No hay discriminación. Él ahí va. Al parecer sin prisa pero sin pausa. Y deposita aquí y allí; una arruga, una cana; una mancha y algunas vejeces más.
El tiempo implacable. El que no perdona una vida plagada de segundos, minutos y de horas... Años.
El transcurre implacable, eras un niño, un adolescente que adolece de todo y un joven se convierte en adulto y en viejo... y de pronto el polvo lo es todo.
Implacable.

Patricia Lara Pachón 




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Reflejos II

 

Reflejos II 


Se ve a través de mí y su imagen difusa se refleja en otra como yo. Ella instintivamente cada que se ve, piensa en el momento en que no esté y se imagina como un espíritu que espanta en esa casa, en esas casas.

Ella no sabe cómo es morirse y quedarse atado a un lugar, a un tiempo, a unos objetos. Yo si lo sé. He vivido sempiternamente las vidas de estos y de aquellos. Yo sé, que los espíritus van hacia la luz cuando eso quieren. No antes. No es que no se hayan dado cuenta de que murieron. Es que sienten que aún les quedan cosas por hacer, o sencillamente no quieren dejar lo conocido para ir a experimentar lo desconocido.

Ella no alcanza plenamente a verse en la otra yo, y me da rabia esa invisibilidad que me acompaña, pero sí se imagina; se ve el cabello enmarañado, las gafas, que se reflejan aquí y allí y luego en ellas mismas y brillan como ojos de gato en un callejón oscuro. Ella se imagina, más que verse realmente. Pero en serio quiere quedarse por siempre allí, a pesar de haberle pedido a todo aquel que quisiera oírla que no la dejen penando en en vano. Ella desea dejar de limpiar y de lavar, también quiere dejar de cocinar. Prefiere pensarse parada en un rincón, haciendo ruidos que llenen de miedo a los que se atrevan a entrar en su casa, hablándoles al oído, o sencillamente pasándoles por el cabello o el rostro, sus manos heladas. Yo desde aquí la observo, estoy llena de polvo empegotado por las gotas de lluvia acontecidas durante años, me da rabia pensar que a pesar de que me usa con alguna frecuencia, yo en realidad no le importo. No le inspiro ni un instante de su valioso tiempo para pasar sobre mi, un pedazo de tela o un trozo de periódico. Bueno... Ella es así y lo ha sido siempre. No sé le puede pedir más, pues hace lo que puede. Es que el deseo de ser reconocida en las letras es un sueño que está a la vuelta de la esquina, aún cuando ella aun lo ignora, igual que desconoce tantas otras cosas importantes para ella pero quizá insignificante para los demás. Los sueños son como los dolores y otras tantas cosas personales e intransferibles. Y lo que uno mismo, como decía su tia abuela, no haga, a nadie más le interesará hacerlo, bien. Igual que ella se ve, la ven los suyos y también la veo yo, que no solo la observo como es hoy, sino como fue ayer y como será mañana.


Patricia Lara Pachón 



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Reflejos

 

Reflejos 

Ella mira a través mío, su imagen algo transparente se puede ver también al fondo sobre otra como yo; un viejo marco blanco, un vidrio roto en la esquina superior izquierda producida por una piedra que un joven arrojó quizá para llamar la atención de su amada. Ella mira, instintivamente, y cada que se ve, piensa en el momento en que ya no estará e imagina que será un espíritu y que espantará en esa casa y en ésta, en ambas casas!
Ella no sabe cómo es morirse y quedarse atada a un lugar, a un tiempo, a unos objetos. Yo si lo sé. Pues he vivido sempiternamente las vidas de unos y otros. 
Yo que lo veo todo, sé que los espíritus van hacía la luz cuando eso quieren. Ni antes, ni después; y no es que no se hayan dado cuenta de que murieron. Es que sienten que aún les quedan cosas por hacer, o sencillamente no quieren dejar lo conocido para ir a experimentar lo desconocido.
Ella, a pesar de observarse, allá, a la distancia, no alcanza a verse plenamente en la otra yo distante, y le da rabia esa casi invisibilidad que le acompaña, aún así se imagina; se ve el cabello enmarañado, las gafas, que se reflejan aquí y allá y luego en ellas mismas y brillan como ojos de gato en un callejón oscuro. Ella se imagina, más que verse realmente. Pero en serio quiere quedarse por siempre allí, a pesar de haberle pedido a todo aquel que quisiera oírla que no la dejen penando en vano. Ella desea dejar de limpiar y de lavar,  también quiere dejar de cocinar. Prefiere imaginarse parada en un rincón, haciendo ruidos raros, guturales, que llenen de terror a los que se atrevan a entrar y quedarse en esa casa, en su casa. Se desea e imagina, hablándoles al oído, o sencillamente pasándoles por el cabello o el rostro, esas sus manos heladas. Yo desde aquí la observo, estoy siempre en éste marco,  lleno de polvo empegotado por las gotas de lluvia acontecidas durante años, me da rabia pensar que a pesar de que viene con alguna frecuencia, para ver su cara en el vidrio que nos separa o nos acerca, en realidad yo no le importo. No le inspiro ni un instante de su valioso tiempo para pasar a ocuparse de mí, pasarme un pedazo de tela o un trozo de periódico, menos un paño húmedo por la madera que me acoge.  Bueno... Ella es así y lo ha sido siempre. No sé le puede pedir más, pues hace lo que puede. Es que el deseo de ser reconocida en las letras es un sueño que está a la vuelta de la esquina, aún cuando ella aún lo ignora, igual que desconoce tantas otras cosas importantes para ella pero quizá insignificante para los demás. Los sueños son como los dolores y otras tantas cosas personales e intransferibles. Y lo que uno mismo, como decía su tía abuela, no haga, a nadie más le interesará hacer bien.  Igual que ella se ve, la ven los suyos y también la veo yo, que no sólo la observo como es hoy, sino como fue ayer y como será mañana.

Patricia Lara Pachón 




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Destino

 Destino


Adriana camina despacio arrastrando los pies, sucios y sangrantes. Las vejigas se han creado por tanto caminar y por lo mismo se rompieron dejando la sangrante huella que ahora la sigue como si fuera una babosa.  Camina despacio por el miedo que le genera el destino que le espera. Ella no sabe que la vida empezará a sonreírle cuando entre al hospital general y le sean amputados los pies. No tiene forma de entender ahora mismo que son ellos los que la anclan a un pasado inmisericorde.  Ha estado imaginando un futuro terrible, pero al encontrarse al borde entenderá que lo primero y principal es la lucha que dé para vivir a pesar de todo.

Patricia Lara Pachón 


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viernes, 26 de diciembre de 2025

Las cosas

 

Las cosas


Las cosas son eso... Cosas
pero a veces no son sólo... Cosas
Uno se apega a esto o a aquello, pero también los recuerdos son cosas. Esas que se acumulan en el cuerpo y en el alma. Cosas que se van apretujando en espacios físicos o internos y que nos llenas los muebles, las repisas y hasta el alma.

Patricia Lara P




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El tiempo que oscurece la mirada... A veces

 El tiempo que oscurece la mirada... A veces


No es que la vida en la calle ochenta y ocho fuera aburrida, solo era predecible y tranquila. Todos sabían que esperar en cada momento. Pero eso era bueno. Muchos de ellos estaban aburridos de los sobresaltos en sus vidas anteriores. Casi nadie partía del centro del volcán para retornar a su vida anterior. Es más, quien lo hacía casi nunca  encontraba a aquellos que había dejado, pues el tiempo transcurría muy diferente aquí y allí.
Octavio estaba feliz casi siempre con esa vida, pero eso no impedía que de cuando en vez extrañara a los suyos. Sabía que les había ocasionado un gran dolor a sus padres y eso a veces le oscurecía la mirada, en momentos como esos, sus compañeros suspiraban y se miraban las manos deseando apretar otras muy queridas entre las suyas.
Octavio el Octavo influía mucho en el estado anímico de sus vecinos en la calle.

Patricia Lara Pachón 



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La calle

 


La calle

Llovía torrencialmente, llovía adentro y llovía afuera. Era impresionante la algarabía en el exterior, pero en su interior la soledad y el silencio eran un todo. Octavio el Octavo sentado en la mecedora del corredor de su casa veía correr el agua por la calle; lo que fluía no solo era el agua que caía irremediablemente, eran también sus lágrimas saladas. Octavio pensaba en sus padres fallecidos, en sus hermanos, en la gente que había sido parte de su vida y que ya no estaba, ya nunca más volvería a verlos y ahora, justamente, los echaba mucho de menos, los extrañaba montones. De pronto y de la nada salió el sol, entro a raudales, y rayos de luces multicolores inundaron la calle, los rostros de los habitantes irradiaron sonrisas. En ese instante; un grupo de gatos de diferentes razas y colores entró en la calle.  Sus colas levantadas al viento lanzaban destellos en cada vaivén. Uno a uno los mininos, se fueron instalando cómodamente en cada una de las casas. La calle antes silenciosa se llenó de ronroneos, mientras alegremente Kaiser intentaba atrapar algo que nunca antes se había visto allí. Una mariposa monarca que bailaba alegremente en frente de su cara, parecía que se iba a dejar atrapar pero luego alegremente se alejaba, para después volver y posarse en su negra y fría nariz.  La vida en la calle ochenta y ocho cambiaba lenta, paulatina e inexorablemente.

Patricia Lara Pachón 



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Metiches

 Metiches


Estoy en el balcón de mi casa, revisando el teléfono. Pasa una señora, la saludo y la respuesta de ella es; y sin conocerme además. Que que vida tan buena la mía. Respondo inmediatamente justificándome, y además, ante una extraña, que espero a alguien. Lo cual es verdad.
Luego lo pienso mejor y me digo que a la señora esa que le importa mi vida. Y que yo no le debía explicación alguna. 
Hasta me enojé conmigo por pndja jajajajaja
Yo aquí pensando en la gente que se mete en dónde no le importa. 

Patricia Lara Pachón




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Hogar

 Hogar


Ella, Patricia le dice a su perrito "bobo", se lo dice con cariño y Capitán le menea alegremente la cola. El can fue dejado en frente de la casa de ella, con una coca con agua y otra con comida. Cuando Patricia lo vio, inmediatamente sintió que ya tenía perro que le ladrara. Fue amor a primera vista. Una vez publicó en el grupo del barrio que lo adoptaría, algunos vecinos jóvenes se dieron a la tarea de atraparlo para entregárselo en sus brazos, la reacción del perro fue darle un lengüetazo y sellar así el trato de ser familia por siempre. Únicamente la muerte los podría separar. 

Patricia no pensó cuando deseo una casa campestre que con ella pero como cuota inicial llegaría el Capi. En unos cuantos años, los paseos por las calles del barrio serán historia y la casa campesina será su hogar.

Patricia Lara P




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Quien eres

 Quien... ¿Quien eres?


Me encantaría saber quien eres... Un comentario en alguno de estos escritos podría ser la forma de saber quien... Quien eres.

Gracias,

Patricia Lara P

Asco

 Asco


Se preguntaba con frecuencia porqué sentía tantas nauseas. Ella no podía saberlo pero yo si lo sé. Le da asco la vida, más exactamente su propia vida.

Patricia Lara Pachón 




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Pues no

Pues no

Cayó con la cara incrustada en el lodo, alcanzó a sacar la nariz apenas antes de perder el sentido. El golpe sordo en mitad del pecho fue quizá lo último que sintió. No supo cuánto tiempo transcurrió pero al volver en sí, el sol le quemaba la espalda y la mitad izquierda del rostro. La cara le escocia horriblemente y el lodo brillaba en tonos escarlata, rosa y dorado. Respiró profundamente y el dolor fue tan intenso que apenas si alcanzó a ahogar un grito. Como pudo empezó a moverse, lento pero paulatinamente. Cada intento le clavaba millones de agujas en el cuerpo dormido que intentaba despertar.  Al cabo de un buen rato, no supo cuánto, logró ponerse en pie y se pudo auscultar con suavidad pero completamente. El orificio que se veía en el pecho, al parecer era la salida de una bala pequeña. Los destrozos eran mínimos. La sangre se había secado y el lodo había hecho una especie de tapón que quizá era lo que le había salvado la vida. Se incorporó poniéndose primero en las rodillas para levantarse por completo después y poder observar por sí mismo, el cuerpo cubierto de barro, la nariz completamente enterrada en el agua, y el orificio sanguinolento. No, finalmente no se había salvado. Yacía ahí, como un muñeco de trapo, era sencillamente un man, un Man cualquiera .

Patricia Lara Pachón 




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Acceso

 Acceso

Me veía impelida a hacerlo. Miraba sin ver realmente y me retorcía los dedos, al sentarme en frente, un retorcijón me enredaba las entrañas. Miraba de nuevo y me ponía de pie e intentaba acercarme pero más me demoraba en agarrar fuerza que en perderla de nuevo. No, a pesar de querer no lograba convencerme, mi deseo no era tan fuerte como para decidirme a la acción y prefería seguir debatiéndome en mi indecisión.


Patricia Lara Pachón 




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Monstruos

 Monstruos 


Y se encontraron el tuyo y el suyo y al reconocerse ardió todo. La feroz destrucción empezó. Rojo y negro y negro y rojo. No había cabida para nada más. Los ojos brillaban con furia y fuego y la saliva hacía espuma que corría desde los labios a la barbilla y de allí a la camisa totalmente empapada. La furia ciega no les permitía ver más allá. Sangre y fuego. Ira que ya nada contenía. Destrucción y muerte y muerte y destrucción ya nada más cabía.

Patricia Lara Pachón 

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Casi invisibles

 Casi invisibles 


Despierto.  Abro los ojos, el gato intenta arrojar mis cosas al suelo, pienso en agarrar el teléfono para ver la hora, pero agarro la almohada y la arrojo, siento los ojos secos, el gato tira algo más, pienso en sentarme pero estiro la mano y agarro las gotas; una o dos en cada ojo. La sensación de llorar me domina, es de la única manera que lo hago, el gato maúlla ¡Oh por Dios! con la manga de la bata me limpio el rostro. El gato se me acerca y ronronea. ¡Dios mío! Voy al baño y me miro al espejo, afortunadamente no me puse las gafas. Regreso al cuarto, el gato se me enrosca entre las piernas, me rio y lo recrimino, por poco y termino en el piso con las cosas que antes arrojó. Miro la hora, regreso al baño y me siento, el gato se aproxima y lo palmeo en la espalda, ronronea. Reviso el celular, la alarma suena, me lavo las manos y la cara y de nuevo voy por las gafas. Subo a preparar el desayuno, el gato se me pone enfrente, desea que lo cargue, lo subo ronroneando, se baja presuroso al terminar las escaleras. Abro la nevera y en un plato le pongo el desayuno. Preparo chocolate o café y huevitos pericos, le pongo mantequilla a unas tajadas de pan, y corto una buena porción de queso; Capitán dará cuenta de la mitad de ésta. Desciendo las escaleras, pongo el plato al frente de mi esposo, le doy su medicina y le alistó la ropa, saco a pasear el perro y sigo así. Haciendo mil y una pequeña cosa tras otra. Mínimas, minúsculas cosas casi, casi invisibles.

Patricia Lara Pachón 

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Me mira

 Me mira


Es hermosa, no logro dejar de ver sus ojos, sus cejas perfectas, su nariz respingada y esos hoyuelos en sus rosadas y regordetas mejillas. Me mira y sé que me seduce, a veces su minúscula falda se levanta y puedo ver los encajes de sus pantaletas. Me mira y me sonríe, una de sus manos como un polluelo queriendo alzar el vuelo me hace un mohín de hola o de ven. Me coquetea, se que me desea tanto como yo. Sus bucles danzan al vaivén del viento. Rie a carcajadas, se detiene para verme de nuevo y aplaude. Me desea. Su mamá se acerca, la toma de la mano y se la lleva. No importa, en el momento oportuno yo voy a estar ahí para cumplir sus sueños y los míos pues se que me desea.

Patricia Lara Pachón 




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Un flujo de conciencia

 Un flujo de conciencia 


Yo

El viento mece las hojas de los árboles, debo ponerme las pilas, no he hecho las llamadas para los medicamentos de mamá y estoy lavando la ropa sin recoger y doblar la otra, barro mientras escucho un audio, debo ir por algunas verduras y la brincha de carne. Hay un olor extraño que debo buscar y sacar, enciendo un par de velas y el incienso, le pongo agua a las plantas, aún no tiendo la cama, debo comprar el fomi y el pegante, no he paseado a Capi, el arroz está seco hay que taparlo, el gato quiere mimos, mi hija tiene hambre, el perro se saborea mendigando un pedazo de queso o un trozo de pan, las hojas de los árboles se mueven, los pétalos se caen y una lluvia amarilla dora la calle.

Patricia Lara Pachón 

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Mi infierno

 Mi infierno 


Piense, piense, piense mija que va a hacer -me digo- aquí, acuclillada y el sol quemando mi cara, deseo levantarme pero el hormigueo en mis piernas  no me deja. Me retuerzo, caigo, me duele, intensamente  y un calor quemante me invade; lloro, lloro a cántaros. Por fin me paro y camino. Un paso cada vez. El miedo me hace detener pero me obligo a proseguir. Veo la puerta, mi puerta al final de la calle, mi calle. Entro despacio, se lo que voy a ver y exactamente es lo que no quiero. Deseo que haya sido un sueño, un mal sueño, una terrible pesadilla. Pero no, ante mis ojos, yace su cuerpo frío, las moscas lo sobrevuelan y se posan en él, las veo con asco entrar por boca y nariz. El olor nauseabundo de la carne podrida invade mis fosas nasales y corro. De nuevo, salgo por la puerta dando un portazo y corro. Llego a la calle en la que antes estuve y me acuclillo. Las piernas me escosen, me duelen y caigo. ¡Dios mío! Estoy en en infierno y mi castigo es éste. 

Patricia Lara Pachón 




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Ama de casa

 Ama de casa


He sido ama de casa toooda la vida. Mejor dicho prácticamente desde mis nueve años. Y aprendí muchas de esas actividades y acciones por la práctica. Así que hoy por hoy yo le explico todo a la gente. Es que por sencillas que sean las cosas todo tiene un motivo. Soy entonces como un educadora nata.  Me detengo en "pequeñeces" que al final no lo son tanto. Por ejemplo;  cuando alguien necesita una receta de pasta. No solo explico la forma de hacerla. Por lógico que parezca a la gente hay que explicarle que la pasta también se cocina. Explico porque al preparar arroz es mejor revolverlo con tenedor antes que con cuchara, etc.
Yo. Considero que no hay tarea que no requiera algún tipo de consejo o de explicación. Y es que yo lo aprendí a las malas, cuando habría sido más sencillo si una persona me lo dijera. Hay que enseñar a pescar pero atrapar a un pez tiene una técnica.

Patricia Lara P





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La muerte

  La muerte La muerte esquiva, pero presente y cercana. La única certeza que tenemos. La que sabemos que llegará si o si. Aquella a la que l...