Follow by Email

miércoles, 17 de enero de 2018

Alberto



Alberto

Soñé con el señor que me dio la vida.  De la nada llegó a visitarme.  Tenía él la edad que tengo hoy (más o menos).  Se sentó a conversar como si nada pasara.  Le ofrecí algo de tomar o comer y cuando regresé, Ricardo le había dado un baquetón enorme de chocolates.  Le recordé asombrada que el hombre había fallecido de complicaciones por la diabetes.  Y me quedé pensando si él, estaba alegre por el regalo y pensando consumirlo todo; o sólo se mostraba agradecido y feliz por consideración a la familia.  
De alguna forma que no comprendo, sentí que él está bien en dónde está. Y sentí también que ya no me duele tanto su desamor y falta de compromiso con nosotros.  
Ojalá descanse en paz.

Patricia Lara P.

Fotografía



Fotografía

Tengo una teoría respecto a cómo te ves en las fotografías.  Y es la siguiente.  Ya ustedes me dirán si así lo creen o no.
Solo aquellos que te quieren bien, te hacen honor en las fotografías.  De lo contrario quedaras con los ojos torcidos, la mirada siniestra, la cara manchada y más gordo o más flaco de lo que en realidad eres.  Yo que me siento gorda.  No obesa, solo gorda; veo fotos tomadas por algunas personas en las que me veo bien; como realmente soy.  (No espero milagros) y otras; terribles.  En las que un mamut, un elefanta e incluso un nevecón, no tendría nada que envidiarme.
Por eso he optado por hacerme las fotos yo misma; ya que yo me quiero mucho y bien.
Aquí intentando retomar la escritura y la pensadera.  Realmente me estaba extrañando mucho.

Patricia Lara P.

viernes, 22 de diciembre de 2017

21 deseos y una hoguera

21 deseos y una hoguera

Martiña escribió su carta con mucha pasión. Con fervor, plasmó cada letra, en la esperanza de que sus veintiún deseos serían cumplidos tal y como los pedía. Sus trazos eran firmes, limpios y muy bien logrados, respetando la proporcionalidad, la estética y la distribución espacial. Usó la mejor de las tintas, seleccionada de su más reciente adquisición de insumos provenientes de la India. Era una ocasión especial, no podía andarse con mezquindades ni reticencias. ¡La eventualidad lo valía!
Le puso el alma a cada intención y una fe que al más fervorosos feligrés de cualquier secta, religión o credo, habría dejado pasmado. Sus lágrimas reflejaban la emoción que sentía al ir trazando cada rasgo, cada letra, cada petición. O tal vez fuese el reflejo del dolor de un cuerpo que, aunque joven, se sentía cansado y algo triste.
Luego de escribir las peticiones, vino el momento de la ofrenda: esparció pétalos de rosas blancas y rojas por toda la habitación, que horas antes olía a un dulce incienso de mandarina y canela. Al ritual de los pétalos, se le unieron muchas espigas de trigo, para la abundancia (y dar un poco de cuerpo al fuego cuando quisiera extinguirse), y una melodía de fondo que daba a todo el ambiente un aire místico que complementaba su representación mental de tan importante evento.
Seguidamente encendió las brasas, que también olían a canela y mandarina, efecto del aceite dispuesto estratégicamente para ello en pequeños dispensadores de cera, y por las cáscaras secas de la fruta, que ya entraban en combustión, liberando también sus aceites y su intenso aroma. También untó su esbelto cuerpo con aceite esencial de la misma fruta y avivó un poco más el fuego agregando poco más de la mitad de la jarra de cinco galones que contenía una mezcla de alcohol aromatizado y keroseno semi inodoro. Vertió el resto de la mezcla en un dispensador que surtía un pequeño sistema de aspersión preparado por ella y que iba a dar al centro del círculo de fuego. Afuera soplaba un viento fuerte que amagaba con dar al traste con todo, pues parecía que en cualquier momento todo se apagaría, pero Martiña, emocionada y llena de fe, con los ojos vidriosos por la inminencia de la llegada del Espíritu de la Navidad, no cerró las ventanas, quería que el ritual se bañara del frescor de la noche de aquel 21 de diciembre y celebrar su solsticio de invierno en toda ley, a ventanas abiertas, ¡de cara al universo!
A las 5:25, hora de España, Martiña apagó todas las luces, dejando el lugar iluminado con las más de doscientas velas, mecheros, velones y cirios que había colocado artística y estratégicamente a diferentes alturas del saloncito, ora cerca de las cortinas, ora sobre un cojín o sobre una poltrona. Comenzó a leer sus peticiones, mientras se introducía en el centro del círculo de fuego, delimitado por cirios y velas que había dispuesto en el piso, justo al centro de la estancia.
Control en mano, subió el volumen del sonido, mientras leía en voz alta cada petición. Terminada la lectura, comió los platillos que había mandado preparar y que la esperaban en la pequeña mesa de madera ubicada frente a ella, tomó de una copa preparada con una bebida de color rojizo oscuro: en tres tragos largos decantó por completo el líquido. Subió aún más el volumen, suspiró y comenzó a leer nuevamente en voz alta sus peticiones, mientras se recostaba sobre los almohadones esparcidos dentro del círculo de fuego. Cuando sobrevinieron los dos o tres espasmos que la sacudieron, se aseguró de acercarse, sujetando el más grande de los cojines, hacia el cirio que estaba a su costado izquierdo. Apenas alcanzó a leer la última petición, cuando vio el resplandor que la enceguecía y la llevaba al paroxismo.
El aire avivaba más y más el fuego, que poco a poco fue consumiendo el lugar. La música ensordecedora, el humo y el olor a carne quemada, alertaron a los vecinos. Los bomberos apenas llegaron a tiempo para evitar que explotaran las bombonas de helio y oxígeno que Martiña había colocado cerca de la puerta de entrada, justo al final del camino de veladoras, y cirios de menor tamaño.
Juan Luis, el forense a cargo de la autopsia, no salía de su asombro al identificar, tatuada en la piel de la hoy occisa Martiña, una lista de 21 deseos, elaborados con el más hermoso trazo caligráfico y con una calidad tal, que ni el fuego había evitado que pudieran leerse casi con total precisión. El contenido estomacal reflejó la presencia de unos seiscientos cincuenta mililitros de sangre humana, mezclada con un coctel de barbitúricos, anticoagulante y vino tinto. A la degustación también se había sumado una variada ración de sushi y una galletita de la suerte, al parecer deglutida entera, curiosa y minuciosamente revestida de una película que, luego de los análisis de laboratorio, resultó ser una concienzuda capa de silicón que actuó como aislante y preservó el contenido del mensajito escrito en un pequeño trozo de pergamino con letras doradas que decía: ¡Feliz Navidad!
Patricia, esto trajo la reflexión del día de ayer, jajajajaja... pretendía, como el año pasado (creo) hacer nueve cuentecitos antes de Navidad, pero apenas va uno... tengo como cinco en el horno, pero Martiña se gastó toda la leña... jajajaja... ¡Qué más decir... Espero les disguste!

B. Osiris B.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Patricia: La dama de azul

Esto lo hice pa' una jotico de la Doña... la imagen es del muro de Patricia:

La dama de azul, del azul paraje
La dama de azul, del azul paraje,
llegado ya el tiempo de la Navidad
decidida se halla a cambiar el paisaje
con luces alegres de festividad.
La luna amarilla, recelosa, observa
el cambio colorido que pronto ha logrado
y también, mimosa, se adorna con conservas
y tiara radiante de dulces abrillantados.

Al azul paraje, dejó su señora,
poblado de cocuyos multi coloridos
y, para sí misma, se dispone ahora,
de cintas y estrellas, a hacerse un vestido.

Es tiempo de fiesta, es tiempo de amor
Y la dama de azul, del azul paraje
celebra las fiestas con todo esplendor
con frutas, galletas y hasta con brebajes.

En el firmamento también la acompañan
luceros, cocuyos, estrellas fugaces
que con luz hermosa el paraje bañan
esperando al Niño que ya casi nace.


B. Osiris B.

lunes, 13 de noviembre de 2017

Otras plantas silvestres





Centavito




Con frecuencia pienso "recuerdo" a mi abuela.
Por estos días vino a mí memoria. Que tenía en una vasija que colgaba una hermosa planta que llamaba "centavito". Me dí a la tarea de buscarla y la encontré en un baldío cerca al centro médico. Agarré un trocito de la planta. Pero un día antes, había ido a un vivero y había adquirido dos variedades más. Incluso una de ellas al parecer se da bien en el agua.
Me encanta ver crecer las plantas en mi casa y bajo mi cuidado.
Ahí les dejo para que las observen.

Desnuda



Desnuda

Me desnudo en palabras
y te cuento;
que fui feliz un día sí
y otro no.
Que tuve muchas ilusiones
y otras tantas decepciones.
Que la vida
como agua cristalina y suave
me llevó por tramos;
por otros
me golpeó.
Raudamente una roca, un madero,
una caída profunda
y de nuevo;
placidez parcial.
Temiendo o añorando.
Me desnudo en palabras
ahogadas unas,
cantarinas otras
reales todas.

Patricia Lara P.






>^-^<

Alberto

Alberto Soñé con el señor que me dio la vida.  De la nada llegó a visitarme.  Tenía él la edad que tengo hoy (más o menos).  Se sen...