Reflejos
Ella mira a través mío, su imagen algo transparente se puede ver también al fondo sobre otra como yo; un viejo marco blanco, un vidrio roto en la esquina superior izquierda producida por una piedra que un joven arrojó quizá para llamar la atención de su amada. Ella mira, instintivamente, y cada que se ve, piensa en el momento en que ya no estará e imagina que será un espíritu y que espantará en esa casa y en ésta, en ambas casas!
Ella no sabe cómo es morirse y quedarse atada a un lugar, a un tiempo, a unos objetos. Yo si lo sé. Pues he vivido sempiternamente las vidas de unos y otros.
Yo que lo veo todo, sé que los espíritus van hacía la luz cuando eso quieren. Ni antes, ni después; y no es que no se hayan dado cuenta de que murieron. Es que sienten que aún les quedan cosas por hacer, o sencillamente no quieren dejar lo conocido para ir a experimentar lo desconocido.
Ella, a pesar de observarse, allá, a la distancia, no alcanza a verse plenamente en la otra yo distante, y le da rabia esa casi invisibilidad que le acompaña, aún así se imagina; se ve el cabello enmarañado, las gafas, que se reflejan aquí y allá y luego en ellas mismas y brillan como ojos de gato en un callejón oscuro. Ella se imagina, más que verse realmente. Pero en serio quiere quedarse por siempre allí, a pesar de haberle pedido a todo aquel que quisiera oírla que no la dejen penando en vano. Ella desea dejar de limpiar y de lavar, también quiere dejar de cocinar. Prefiere imaginarse parada en un rincón, haciendo ruidos raros, guturales, que llenen de terror a los que se atrevan a entrar y quedarse en esa casa, en su casa. Se desea e imagina, hablándoles al oído, o sencillamente pasándoles por el cabello o el rostro, esas sus manos heladas. Yo desde aquí la observo, estoy siempre en éste marco, lleno de polvo empegotado por las gotas de lluvia acontecidas durante años, me da rabia pensar que a pesar de que viene con alguna frecuencia, para ver su cara en el vidrio que nos separa o nos acerca, en realidad yo no le importo. No le inspiro ni un instante de su valioso tiempo para pasar a ocuparse de mí, pasarme un pedazo de tela o un trozo de periódico, menos un paño húmedo por la madera que me acoge. Bueno... Ella es así y lo ha sido siempre. No sé le puede pedir más, pues hace lo que puede. Es que el deseo de ser reconocida en las letras es un sueño que está a la vuelta de la esquina, aún cuando ella aún lo ignora, igual que desconoce tantas otras cosas importantes para ella pero quizá insignificante para los demás. Los sueños son como los dolores y otras tantas cosas personales e intransferibles. Y lo que uno mismo, como decía su tía abuela, no haga, a nadie más le interesará hacer bien. Igual que ella se ve, la ven los suyos y también la veo yo, que no sólo la observo como es hoy, sino como fue ayer y como será mañana.
Patricia Lara Pachón
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