Casi invisibles
Despierto. Abro los ojos, el gato intenta arrojar mis cosas al suelo, pienso en agarrar el teléfono para ver la hora, pero agarro la almohada y la arrojo, siento los ojos secos, el gato tira algo más, pienso en sentarme pero estiro la mano y agarro las gotas; una o dos en cada ojo. La sensación de llorar me domina, es de la única manera que lo hago, el gato maúlla ¡Oh por Dios! con la manga de la bata me limpio el rostro. El gato se me acerca y ronronea. ¡Dios mío! Voy al baño y me miro al espejo, afortunadamente no me puse las gafas. Regreso al cuarto, el gato se me enrosca entre las piernas, me rio y lo recrimino, por poco y termino en el piso con las cosas que antes arrojó. Miro la hora, regreso al baño y me siento, el gato se aproxima y lo palmeo en la espalda, ronronea. Reviso el celular, la alarma suena, me lavo las manos y la cara y de nuevo voy por las gafas. Subo a preparar el desayuno, el gato se me pone enfrente, desea que lo cargue, lo subo ronroneando, se baja presuroso al terminar las escaleras. Abro la nevera y en un plato le pongo el desayuno. Preparo chocolate o café y huevitos pericos, le pongo mantequilla a unas tajadas de pan, y corto una buena porción de queso; Capitán dará cuenta de la mitad de ésta. Desciendo las escaleras, pongo el plato al frente de mi esposo, le doy su medicina y le alistó la ropa, saco a pasear el perro y sigo así. Haciendo mil y una pequeña cosa tras otra. Mínimas, minúsculas cosas casi, casi invisibles.
Patricia Lara Pachón
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