La calle
Llovía torrencialmente, llovía adentro y llovía afuera. Era impresionante la algarabía en el exterior, pero en su interior la soledad y el silencio eran un todo. Octavio el Octavo sentado en la mecedora del corredor de su casa veía correr el agua por la calle; lo que fluía no solo era el agua que caía irremediablemente, eran también sus lágrimas saladas. Octavio pensaba en sus padres fallecidos, en sus hermanos, en la gente que había sido parte de su vida y que ya no estaba, ya nunca más volvería a verlos y ahora, justamente, los echaba mucho de menos, los extrañaba montones. De pronto y de la nada salió el sol, entro a raudales, y rayos de luces multicolores inundaron la calle, los rostros de los habitantes irradiaron sonrisas. En ese instante; un grupo de gatos de diferentes razas y colores entró en la calle. Sus colas levantadas al viento lanzaban destellos en cada vaivén. Uno a uno los mininos, se fueron instalando cómodamente en cada una de las casas. La calle antes silenciosa se llenó de ronroneos, mientras alegremente Kaiser intentaba atrapar algo que nunca antes se había visto allí. Una mariposa monarca que bailaba alegremente en frente de su cara, parecía que se iba a dejar atrapar pero luego alegremente se alejaba, para después volver y posarse en su negra y fría nariz. La vida en la calle ochenta y ocho cambiaba lenta, paulatina e inexorablemente.
Patricia Lara Pachón
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