Y yo...
Me encantaba, definitivamente me en-can-ta-ba. No había otra manera de decirlo. Imaginarlo me ponía el corazón a mil, las mejillas se me ruborizaban, las manos me sudaban y se me ponían heladas. Si... he-la-das. Es que era algo loco presentirlo y sentirlo era aún peor. !Dios mío! Traga maluca le decían algunos. Yo sencillamente pensaba que estaba tragada; de maluca no tenía nada. Me hacía sentir viva, vibrante y tenía enormes ganas de reír, de abrazar a todo el mundo, de contarles cualquier cosa y de hablar y hablar. Y es que no quería quedarme callada cuando el mundo brillaba como el sol, cuando lo presentía. Enamorada, locamente enamorada era lo que yo estaba. O sería... Sencillamente loca. Imaginar mi vida sin él era una locura, pero que no estuviera realmente... No, mejor ni pensarlo. ¡Dios mío! Después de lo que hice porque no se alejara, después de haberle enterrado una y otra y otra vez ese cuchillo, ya no podría ir lejos. Pero... No... Ahora ahí no estaba.
Me desperté, en ese cuarto blanco, envuelta en esa blusa amarrada en torno a mi en un abrazo apretado. Y... Él... No estaba allí, a mis pies, como debía haber sido.
Ahora... No sé qué va a pasar ahora.
Me ahogo, él no está y yo me ahogo.
Patricia Lara Pachón
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