miércoles, 2 de septiembre de 2015

La señorita Sosiego



Sigo escribiendo por no dejar, o por dejar...

La Señorita Sosiego

La esperanza le amaneció a oscuras. La ira despuntó en el Oriente desde muy temprano. Quiso romper con una sonrisa el témpano de hielo que era su rostro. ¡Vano esfuerzo!
Se sintió atrapada, infeliz y confundida. Pasadas unas horas, se hizo una escalera azul y blanca de lágrimas gélidas. Se arrancó del alma sendas espinas de dolor y las acunó cuidadosamente en una cestita de olvido que guardaba en el desván de la memoria.
La vieron escalar desde su ventana justo a la hora del desconsuelo, con la ira en el zénit, en todo su esplendor.
Tímidamente, estiró una mano y, con la delicadeza que solo tiene una mano experta, arrancó la punta de una hebra de aquella ira resplandeciente y enceguecedora. En un mohín, se sentó sobre el tejado. Puso a un lado la pequeña cesta que hasta ahora colgaba de su brazo y, luego de un suspiro, sacó de ella las afiladas espinas. Tejió durante horas, deshaciendo el ovillo que ahora era la ira, hasta verla desaparecer en el horizonte.
A ratos, se le escapaba una que otra lágrima que se enmarañaba en el tejido.
Cayó el ocaso, la escalera comenzaba a perder su forma. ¡Era ya la hora! Con parsimonia, lanzó a lo alto el fruto de la jornada, una luna menguante y un millar de estrellas; y emprendió, presurosa, la retirada.
Alcanzó la ventana justo a tiempo para ver el deshielo de la escalera, a la luz de la luna, una luna brillante que iluminó su tristeza.

B. Osiris B.

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