domingo, 19 de diciembre de 2021

Miedo

Escuché unos gemidos. Una niña al parecer se ahogaba. Mire a todos los lados y nada. La soledad era la que me acompañaba. La soledad y una oscuridad tal que si estiraba las manos no lograría ver la punta de mis dedos.

Un nuevo gemido me erizó la piel, el cabello en la nuca casi chuzaba como agujas de heno.
Otro gemido más, más cerca, más audible casi detuvo mi corazón al galope.
Al cabo de un siglo o de un instante, sentí unos dedos helados que se aferraban a mis brazos. 
Cerré los ojos, apreté mis manos y di un grito estentóreo.
Presurosos llegaron hasta mi cuarto mis hermanos, mi madre y hasta el gato.
Casi los mato del susto.

Patricia Lara P

Ultimatum

Llegó apresurado. Su amante le había dado un ultimátum, o hablaba él o ella se encargaría de abrirle los ojos a la esposa. Estaba cansada de los fines de semana sola. De la vida a la sombra.  Sobre todo porque él constantemente le juraba que no la amaba, que estaba con la esposa por los niños.  ¿Niños? Un perro y dos gatos negros todos, no podían ser considerados como tal.

Hoy treinta y uno de octubre era el día señalado. Así que temeroso como estaba llegó a su casa. Observó a su señora más lacónica que siempre y con una semisonrisa en el rostro un tanto ajado por los años. La otrora bella y respingada nariz hoy arrugada y con una verruga que antaño fuese un coqueto lunar lo sorprendió de golpe. Nunca se había percatado como en ese momento, de que los años habían hecho tantos estragos en ella.
Le dio un beso en la mejilla fría y preguntó si había venido alguien. La respuesta negativa lo dejó sudoroso, pues la mirada le reveló lo contrario.
En ese justo instante notó manchas de sangre en el piso, en las paredes. Vio el cabello de su mujer aún más despeinado. Filamentos de plata brillaban en sus sienes y gotas minúsculas carmesí se deslizaban entre ellas.
Tuvo miedo. Se aterrorizó de tal manera que al dar un par de pasos hacia atrás se resbaló cayendo sobre ella.
Su amante fría y pálida yacía sobre el suelo. Al mismo tiempo que caía y al intentar agarrarse de algo, tomo entre sus dedos una fría y pesada varilla.
Su mujer empezó a chillar, arrojando muebles a diestra y siniestra. Los vecinos llegaron y encontraron al hombre con el arma en las manos, cubierto totalmente de sangre y gritando desaforado. La gente pensó que al ver a su amante con su esposa había enloquecido.
Aún hoy, en la cárcel del pueblo el pobre aun alega su inocencia.

Patricia Lara P

Soltar

 Reflexiones de la nada


Soltar (¿amarras?)
Hace unos tres años voy soltando... No porque nadie me lo dijera, sino porque esta almita mía lo pide a gritos. Pero nos enseñan a agarrar, ¡aprendemos a asirnos a tanto!, que luego duelen las manos (¡duele el apego!) al querer soltar.  

No se me da fácil lo de soltar y flotar. El peso (¿muerto?) de los apegos terrenales -y sus sinsentidos- se anquilosan en las coyunturas (y en las nostalgias). 

 Aún así, siento que voy aprendiendo -muy lentamente, muy a mi ritmo- a dejar fluir (aunque el tarugo del control se me atragante cada tanto).
Pero no, no es fácil eso de entender las mareas de la vida. Eso, de entender que no siempre la ola está en su cresta, especialmente cuando el dolor te mantiene en una espiral de bajamares. No, definitivamente no es fácil, pero ¿por qué tiene que serlo? ¡Es y punto! Y toca, entre pleamar y bajamar, aprender de a poco (o de a mucho) a apreciar la melodía del dejar fluir. Aún así, hay días en que no respiro, en que no "¿fluyo?"... Y eso también está bien, porque no hay medida, porque estoy viva. Porque eso es también parte de no tener el control.  

Y hoy espero, aquí, entre nubes grises y brisa fresca, un pequeño impulso para la danza de este día... A mi ritmo, suelte o no suelte las amarras que reposan en los recodos de este camino que vengo desandando.  

Hoy, con la piel ardida y la melancolía dormida, respiro, me doy tiempo. Espero.

B. Osiris Bocaney

Imposible olvidarme

 Imposible olvidarme

Olvidar a la niña de bucles rubios
De dedo en la boca
De mirada sería
Olvidar a la peque, que se escapaba
La que huía
La que se ocultaba
Olvidar a la chica que leía
Que no quería salir
Y que en su mente fantástica
Construía y reconstruía 
La vida de otros
Olvidar a la joven que sin pensar siquiera se convirtió
En madre y en esposa
Olvidar a la mujer que va envejeciendo 
Paulatina pero constante
A la que escribe y espera
A aquella que no falla
La que finalmente viene por todos.

Patricia Lara P

Ops

El hombre despertó sediento. Ella amablemente le dio agua, le pidió que no se moviera mucho pues estaba herido. Le dio también un tazón con sopa caliente que contenía verduras y trozos muy suaves de carne.

Al día siguiente sucedió más o menos lo mismo. Solo que la herida era un poco más alta. Iba llegando ya a la rodilla.

Patricia Lara P

Como ella es

 Apachurra las cejas

Frunce la nariz

Un gesto pícaro asoma en su sonrisa.

Sus ojos brillan 

Y de pronto la carcajada suena.

Esa es ella.

Así es como ella es.

Un poco loca

Un poco coqueta

Y muy viva.


Patricia Lara P

Azul


Azul

Índigo es una morena.  Es oscura.  Con una oscuridad escandalizante en su alma y -para algún desubicado- en su piel. Azul nocturno como el cielo que no puede -que no quiere- ver.  Oscura su piel, como su pasado que la compele a recluirse entre cuatro paredes, huyendo de las manos del mundo que la señalan, negando la responsabilidad de quienes rasgaron el valor de su integridad.

Azul, como el rastro de los cardenales, como el uniforme de quienes no atendieron su queja, como la pintura descascarillada de aquella sala donde curaron sus heridas físicas y ahondaron las de su alma. 

De niña, Índigo paseaba bajo el brillante cielo azul. Hoy no lo  disfruta.  Se oculta en su piso, aislada y temerosa, añorando el tiempo en que, en la inocente felicidad de la infancia, nada le parecía amenazante. Y teme lo que se esconde en las mascarillas, azules, como el cielo y como el miedo que la embarga al pasar entre tantos extraños que deambulan por esta ciudad tropical en la que (des)habita hace un año.

Y espera, Índigo en la soledad, a que el dolor se vaya.  Y canta en solitario, para que el temor desaparezca.

B. Osiris Bocaney

Rutina de desvaríos (3)

Rutina de desvaríos (3)


Camino entre cisnes blancos salpicada del dulzor y la frescura de las tibias aguas del lago en el que mi gato negro me acompaña.  Me desplazo afablemente entre lirios y nenúfares, vadeando una que otra pequeña roca y respirando  profundo para conservar este olor a nada que aún me queda.  

De pronto, al ritmo de una repentina brisa,  mi gato extiende sus alas y vuela hacia el horizonte.  Suspiro y sonrío, mientras el cisne negro, mi  versátil compañero, maúlla surcando el perlado cielo de esta clara noche de brujas. A lo lejos, el crepitar del fuego, el tintineo de los cascabeles y el tam-tam de los tambores incitan a bailar.  Camino a tientas lentamente, cuidando no tropezar. Me inclino sobre las aguas y mi mano llega al oscuro fondo, el frío me estremece.  Tomo una esponja para amortiguar el goteo del grifo del baño.  Es medianoche y la luna brilla.  Un águila se acerca en vuelo rasante, toma agua en pleno vuelo y rocía mi sábana, dejando un rastro húmedo que me refresca.  Canto.  Cantamos.  Es una larga noche. El gato grazna, maúlla y planea desde la montaña y suavemente se posa en la ventana.  Lo acaricio y le invito a dormir.  ¡Mañana será otro día!

B. Osiris Bocaney

Esa fue la ultima vez que me puso las manos encima

Y esa fue la última vez que me puso las manos encima.  Llegó borracho, últimamente se le había vuelto maña. Al principio me quedaba callada, pero ese día no aguanté más y le recriminé. Envalentonado por el trago y la maña me miró con odio. Luego de que yo seguía con mis argumentos, tratando de no hacer ruido por los niños y por los vecinos se me vino de frente con los puños apretados y mascullando maldiciones. Tuve miedo, el era mucho más grande que yo. Y además un macho sin control debido al alicoramiento y la furia a lo mejor contenida por años. Levanté las manos de uñas largas muy finas y sin querer; únicamente por el reflejo. Le arañé la nariz. Y ahí fue Troya. Arremetió contra mi con los puños cerrados y me descargó un golpe fuerte. Me sentí mareada y me sostuve en el mesón de la cocina. Al hacerlo mi mano sintió el mango de algún elemento de cocina y sin dudarlo se lo empuje entre las tripas. Vi el asombro en sus ojos. Vi que se llevaba las manos al abdomen y que de entre los dedos viva, brillante y alocada fluía sangre a torrenciales cantidades. Me vi, mirarlo asombrada y luego... Al cabo de un tiempo, con el exhalé un muy audible suspiro. Pues si. Esa fue la última vez que me puso las manos encima.

Patricia Lara P

Tengo dos gatos negros

 Tengo dos gatos negros

Sólo la brujas reales los vemos como en realidad son.
Dos magníficos ejemplares negros
Negros como el azabache
Negros como la noche negra
Como el alma negra de los seres malos.
Tengo también un perro negro
Negro, negro.
Negro como la boca negra de la cueva oscura que habito.
Negro como las arañas amargas que incluyo en mis oscuras pócimas.
En unos días
Pocos
O mejor
En unas cuantas noches
Realizaremos de nuevo el rito
Y las canas y arrugas desaparecerán y nos reiniciaremos.
Salud.

Patricia Lara P

Diseñadora de moda para perros

 Hoy Capitán tiene cita con su diseñadora. Por casualidad la conocí ayer. Le va a confeccionar un arnés Antiestrés para que no sufra tanto en la alborada, ya que queman mucha pólvora esa noche.

Miraremos el disfraz de Halloween y otro rojo para el día a día.
Que no se diga que Capitán no es fasionista jajajajaja.

Patricia Lara P

NOTA: La diseñadora jamás salió con nada. Luego se quejan de que emprender es muy difícil.  Claro... emprenden solo de palabra.

Soy pésima ama de casa

 Soy pésima ama de casa. En serio pésima.

En mi hogar hay polvo en algunos rincones, hay aquí y allí, telas de araña. Los baños son cuentos de nunca acabar y ni hablar de la cocina que medio se limpia y al siguiente segundo ya está sucia de nuevo.  Hay vasos y platos desperdigados en muchos y variados lugares.
Si, debo admitir con mucha vergüenza que soy pésima ama de casa.
Lo que también es cierto es que en mi cocina siempre hay comida caliente y deliciosa, que en mi hogar recibimos con los brazos abiertos a propios y extraños. Que mis mascotas son mimadas y muy cuidadas. Que mis hijos a pesar de no haber sido malcriados se saben amados.
También es cierto que soy muy respetuosa de los otros, que cuido mi espacio y el de los demás.
Las personas que me conocen saben que a pesar de mis cabellos revueltos tengo un corazón muy bien puesto y compuesto.
Si, soy pésima ama de casa. Pero si, soy un excepcional ser humano.

Patricia Lara P

El espantapájaros (V1.1)

 Cuentos a Cuatro Manos

*El espantapájaros (V1.1)*

Crecí viéndolo en el huerto de mi abuela. Cada tanto, él estrenaba un sombrero, una camisa, o una bufanda. Alguna vez vi que lucía unas gafas de marcos dorados y lentes rosas. Esos jamás se deslucieron o perdieron su brillo y elegancia. Con ellos notaba que me observaba constantemente. Eran como la luna, jamás lograba perderlos de vista. 
Yo temía acercarme a él, incluso desde antes de ver tantas películas de terror y saber o entender que eran tan malos. Un día, vi que unas aves construían un nido en él. Lo vi cargando sobre sus hombros los polluelos. Lo vi casi acunarlos. Alguna vez, incluso, alcancé a verlo inclinarse y regresar al nido (¿o a la cavidad de su boca?, la verdad, no lo recuerdo) a un polluelo que había intentado alzar el vuelo sin lograrlo.

Empecé a observarlo más y más y el horror que me inspiraba se fue convirtiendo en admiración. Con el tiempo, me recostaba a su sombra a leer una tras otra las historias que a ambos nos encantaban; él disfrutaba enormemente los cuentos de terror inspirados en sus congéneres y yo, de ese extraño olor ferroso que emanaba de sus fibras .

Pasaron los años y ahora son mis hijos los que le cambian su camisa, bufanda o sombrero, comprados especialmente para él. Le gustan los colores brillantes y festivos y, en cada atardecer, podemos verle pavonearse contra el viento, luciendo alegremente sus vestimentas.

Lo único que jamás le hemos podido cambiar son sus hermosos lentes dorado y rosa ni la inexplicable costumbre de manchar sus ropas con sangre por las noches. 

Patricia Lara P/ B. Osiris Bocaney

El espantapájaros

 El espantapájaros


Crecí viéndolo en el huerto de mi abuela. Cada tanto, él estrenaba un sombrero, una camisa, o una bufanda. Alguna vez vi que lucía unas gafas de marcos dorados y lentes rosa. Esos jamás se deslucieron o perdieron su brillo y elegancia. Con ellos notaba que me observaba constantemente. Eran como la luna. Jamás lograba perderlos de vista. Yo temía acercarme a él, incluso desde antes de ver tantas películas de terror y saber o entender que eran tan malos.
Un día vi que unas aves construían un nido en él. Lo vi cargando sobre sus hombros los polluelos. Lo vi casi acunarlos. Alguna vez incluso alcancé a verlo inclinarse y regresar al nido a un polluelo que había intentado alzar el vuelo sin lograrlo.
Empecé a observarlo más y más y el horror que me inspiraba se fue convirtiendo en admiración.
Con el tiempo me recostaba a su sombra a leer una tras otra las historias que a ambos nos encantaban. Disfrutaba enormemente los cuentos de terror inspirados en sus congéneres.
Pasaron los años y ahora son mis hijos los que le cambian su camisa, bufanda o sombrero comprados especialmente para él. Le gustan los colores brillantes y festivos. Lo único que jamás le hemos podido cambiar son sus hermosos lentes dorado y rosa.

Patricia Lara P

Escape


Escape (¿del Infierno?)

Le gustaba hablar y su lengua, entumecida, le negó el placer 
de la palabra viva. Adoraba leer y el dolor de sus ojos, avejentados y entre brumas, le alejó de sus añorados textos. Disfrutaba cantar y su mente, obnubilada y confusa, ya no supo siquiera imaginar un melodía con el tono de su propia voz. Le gustaba cocinar y crear en la cotidiana cocina casera y el abandono del gusto y olfato le sumieron en una oquedad sensorial. Aprendió a abrazar tardíamente y el dolor lacerante de su piel, hipersensible al tacto, le negó el placer del afecto corpóreo. Gozaba de bailar, aún en la soledad, Gozaba de bailar, aún en la soledad, y sus pies, lerdos y adoloridos,  ya no supieron acompasar el ritmo cadencioso de ninguna melodía. Se refugiaba, a pleno sol, en el canto del oleaje allende los malecones, y las autoridades le impidieron viajar, en cumplimiento de la cuarentena.  Adoraba sentir la fresca brisa en su cara, y le obligaron a usar mascarillas.

Un buen día, en la total desnudez de su alma y cuerpo, salió al alba: bañó su blanca piel con los primeros rayos de sol y se adentró -respirando matinales gotas de rocío- montaña adentro, dejando atrás únicamente el rastro de la huella de sus felices pies descalzos. 

Y fue flor, perfume, dulce néctar, fresca brisa y dulce melodía.  ¡Fue!

B. Osiris Bocaney

viernes, 29 de octubre de 2021

Y tú

 Y tú, ¿Cómo estás?


Yo, como el país:
vuelto mierda,
pero con la esperanza a flor de piel
y la sonrisa languideciendo
en el atardecer
de mis lagunas gemelas,
desbordadas de sal 
e incertidumbre.
Y tú, ¿Cómo estás?

B. Osiris Bocaney

A veces quisiera...

 A veces quisiera expresar todo lo que pienso

Pero soy consiente
De que tanta rabia haría más daño que bien.
A veces deseo pensar que los otros saben lo que me habita
Pero estoy segura de que si lo supieran se alejarían lo más y mejor posible.
A veces quisiera conocerme como creo que me conozco hoy. Pero soy consiente que la mujer que me habita hoy mañana será solo un sueño.
A veces me amo mucho, otras veces me desprecio un tanto.
Es que no soy la mujer que quiero ser las veinticuatro horas del día.
A veces, solo a veces.

Patricia Lara P

Las lágrimas


 Yo no lloro. No acostumbro llorar. Igual no es por resequedad en los ojos, ni por deshidratación. Es solo, que no me gusta el llanto. Y odio lo que las lágrimas le hacen al rostro.

A veces bostezo y una lágrima aflora y algunas veces desciende por la cara.
A veces, sin más ni qué sucede. No por un incidente, ni por una situación puntual o una tristeza reciente. Tan solo la lágrima sale y se desliza. Con la punta de un dedo la tomo y la seco frotándolo con otro.  Muy seguramente las lágrimas deben salir, bailar entre las pestañas y caer. No porque exista un motivo, muy seguramente por todos los motivos.
Mejor dejemos el dolor de lado y pensemos únicamente en las lágrimas. Las que son porque sí.

Patricia Lara P

Dirígete a la luz

 

Dirígete a la luz, fue lo que me dijo. Yo pensé... ¿Me morí? ¿A qué hora? ¿Cómo sucedió?

¡Válgame Dios! Cómo es que me muero y ni me entero. ¿Cuánto tiempo llevo en el mundo de los muertos, espantando a los vivos? ¿Mierda!
De pronto la persona que me habló suelta una carcajada. Y entre risa y lágrimas se burla de mi cara.
Cuando dije "dirígete a la luz" me refería a que encendieras la luz. Tu rostro fue un poema a la sorpresa. Todos los sentimientos se reflejaron en él. Sorpresa, alegría, desolación, alegría de nuevo. Y todo en tan sólo una fracción de segundos.  No pendeja. Aún no estás muerta.

Patricia Lara P

Doña Justa


Doña Justa
Fue una niña tranquila, rayando en o taciturna, más ensimismada que sociable, más de miradas veladas y suspiros por lo bajo, que de sonrisas y mirada abierta.

De adolescente, muchos la describirían solitaria y hasta aburrida; tan sosa, que ya de adulta sorprendieron sus más de tres matrimonios, con sendos pretendientes cuyas muertes inexplicables sumaron familia y fortuna a Doña Justa, hoy madre de unos quince hijos y abuela de unos veinte.

Hoy, con sus canas y un peinado muy bien logrado, pasa desapercibida en el velorio de su quinto marido, de cuya unión no tuvo hijos, tampoco familia, porque el finado Elisandro -inmigrante devenido en próspero comerciante- tenía, como se jactaba cada vez que tenía oportunidad, la dicha de haber visto morir a toda su parentela.  Allí, confundida con el mobiliario del crematorio, espera a recibir las cenizas.  Tras la mascarilla, sonríe al tiempo que recuerda cuántas veces Elisandro imploró, antes de dejar de respirar, por su inhalador, el mismo que ahora sostiene con fuerza con la mano que oculta dentro de su cartera. En el fondo del salón, dos señoras del servicio que asisten a Doña Justa comentan por lo bajo la mala suerte de la señora, ¡tanto dinero y no de duran los maridos!  Ella las oye, quiere voltear y pedirles silencio, pero estalla en risas que, tras el tapabocas se confunden con sollozos.  Doña Justa ríe hasta las lágrimas, lo único que alcanzan a ver las pocas personas que hoy la acompañan y compadecen su dolor.

B. Osiris Bocaney

Los libros

  Jugué en la calle hasta los 8 o 9 años. Dejé de hacerlo cuando aprendí a leer y encontré en los libros una compañía invaluable. En esas le...