domingo, 13 de septiembre de 2026

La boba

 

La boba

Era Viernes Santo y se encontraban varias personas reunidas en la cocina de la casa finca a la cual habían ido a parar después de que la avalancha además de destrozarles las vidas, los hizo perder todo incluso al miembro menor de la familia, "Carmenza", después de esta tragedia, la mayoría de la gente daba por "loca" a Rosalba, una mujer joven y bonita, pero agotada por el dolor; a lo mejor los otros no estaban lejos de la realidad, pero eran de sobra los motivos para que ella se encontrara así.  Ahí, parada frente al fogón de leña, preparaba un café en agua de panela; mientras miraba sin ver por la ventana abierta de par en par, la oscuridad en la que iba cayendo el cafetal.  A su lado y hablando de los  ritos religiosos de esa semana estaban su cuñado y su hermano y al lado de ellos una mujer con algún tipo de retraso mental a la que se le notaba un embarazo ya muy adelantado.  Ella al parecer hacía parte de los "muebles" de la finca.
De pronto un grito ahogado sale de la garganta de Rosalba, alega que acaba de ver una luz bailando en el cultivo cercano.  Los hombres gritan con asombro primero y con alegría después ya que presumen es el aviso de un entierro que los hará muy ricos. Le piden a Rosalba que señale con precisión el sitio y le piden que se quede con la otra mujer en la cocina, les aconsejan que por nada del mundo se acerquen a donde ellos van a estar para que el "entierro no se esconda".  Agarran pica y pala y se van dispuestos a extraer de la tierra la riqueza que esa noche se les ofrece.  Golpean hasta encontrar un sitio "hueco"y allí empiezan a escarbar con cuidado, separan piedras e incluso raíces;  no paran hasta que escuchan un golpe fuerte y un temblor de tierra que casi los deja sentados, han alcanzado a ver las ollas de barro e incluso el brillo del oro en una hendija que se abre y se cierra tan rápido que los deja deslumbrados. El susto tan espantoso hace que la boba que con sumo cuidado se había acercado a observar lo que los hombres hacían empiece su trabajo de parto, se preguntan qué deben hacer, si ir por la matrona o seguir el camino que trazó el entierro al esconderse.
Ya para qué llorar sobre la leche derramada, el oro se había ocultado y quien sabe a donde iría, la boba en su curiosidad le había hecho perder la gran riqueza imaginada.  Ahora una nueva vida se abría camino.

Patricia Lara Pachón 

Queridas mías

 

Queridas mías

Te llevo siempre en mi corazón, eres mi niña amada, aquella a la que consiento cada vez que puedo, tratando de consolar tu corazón herido. Sé que olvidaste muchos de aquellos dolores y sé con seguridad que los bloqueaste a propósito; ya eran demasiados como para querer aceptar dos, o tres o más. Te abrazo cada día con el amor de madre que aprendí amando a otros. Te acuno tiernamente en mi corazón, te doy obsequios y te dejo mirar por el rabillo de mis ojos las maravillas de la creación.  Te he enseñado que sí había motivos para desconfiar de lobos vestidos de ovejas, pero también aprendiste que había gente buena que en realidad quería ayudarte y hacer de ti una mejor persona. A ellas les doy las gracias desde aquí.  Te felicito y agradezco haber hecho tanto para convertirte en la mujer que soy,  que somos ahora.
¡Te acuno en mi corazón con todo mi amor!

Adorable viejita deseo estés  plena y feliz y sientas desde esa playa dorada que cumpliste, sobre todo contigo. Deseo que la tranquilidad te esté cubriendo igual que el sol tibio te acaricia amorosamente. Se que tambien tu abrazas en tu alma a todas aquellas que te precedimos y de cada una de nosotras guardas recuerdos, lindos unos y otros no tanto, pero de cada uno de ellos aprendimos.
El sueño de tener una cabaña que mira al mar se nos hizo realidad y ahora ahí estamos todas.  Ahora solo nos queda esperar mientras hacemos esa infinidad de cosas que nos encantan, a que venga la abuela Maria la O. a recogernos y llevarnos a esa su casa blanca, llena de luz y tan amorosamente cálida.
Desde mi yo de hoy te abrazo y prometo cuidarme para cuidarte y que tengas; tengamos una vejez saludable y armoniosa.

Todas las que fuiste; te amamos.

Patricia Lara Pachón 


El río Cauca fue testigo

 

El río cauca fue testigo

Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, había llegado hacía unos días a la casa de mi abuela. Otrora entre un frondoso bosquecillo que ahora  se veía macilenta, detrás de una enorme construcción de cemento que sería el nuevo colegio del pueblo.
Una noche entre otras, mis tías y yo nos sentamos entre adobes y arena a contemplar la noche estrellada. Hablábamos de todo y de nada, nos reíamos, a veces con suavidad y otras en estentóreas carcajadas.  Siendo ellas mayores, la diferencia de edad no era demasiado grande, entre cinco y ocho años aproximadamente.
Retomando la historia, la tía Gloria que era la mayor tuvo una genial idea. Nos sugirió que al levantarnos cada una se llevara como al descuido el adobe sobre el cual estaba sentada. Quería ella construir un fogón. Obedientes y muertas de risa por la broma, mi otra tía y yo procedimos a cargar con el botín.  Supongo hoy por hoy, que debería ser un robo continuado para poder terminar la obra. Dejamos los adobes en el baño y nos fuimos a dormir el sueño de Aladino y sus cuarenta ladrones. 
Estábamos en el mejor de los  sueños de la mañana cuando escuchamos gritos aterradores, mi abuela Maria La O. usando su mejor vocabulario callejero amenazaba a los ladrones que habían dejado el botín en su baño, con entregarlos a la justicia.  "Hijueputas" era la palabra más comedida que ella usaba. Mi tía Gloria corrió a calmarla, explicándole lo que planeaba hacer pero fue peor ¡Dios mio!
¿Cuando les he enseñado a robar? ¿Cuando me han visto agarrar siquiera una aguja sin permiso? Los cuándo se sucedían raudos, entreverados con palabrotas. Ya al final  y muy seguramente agotada por la explosión de ira dijo con voz suave pero perentoria, "salen ya mismo a devolver los adobes", pero mamá; (suplicaba mi tía) dejenos al menos  hasta la noche para hacerlo con disimulo.
Pero no, ella con la tranquilidad que la caracterizaba dijo:  "que todo el mundo vea que son unas ladronas"
Así que en pijama, descalzas y muertas de vergüenza, cada una de nosotras agarró el producto del hurto y lo devolvió ante las miradas pícaras y sonrientes de los obreros del colegio.
Sí, debo admitir con descaro, que ese fue mi primer hurto.

Patricia Lara Pachón 

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Inventario

 

Inventario

En la maleta de mi viaje soñado voy a llevar las miradas largas y plácidas de mi abuela, el olor del cuello de mis hijos, el calor de la arena de una playa conocida, el sonido de un hilo de agua en Damasco, la flexibilidad de caminar por las calles empinadas del barrio Fátima, la sensación de calidez y frío de las madrugadas de mi adolescencia en mi natal Manizales, el sabor de unos besos y quizá también la complicidad de mi tia.

La tarjeta que me enviaré dirá:  "No olvides tu sueño, no lo abandones, gracias a ti y a él; ahora yo estoy aquí, en tu propia playa y a la sombra fresca de tu linda cabaña.
...
Mientras miro este hermoso amanecer, sorbo despacio y disfrutando un café caliente y aromático, la leche de coco le da una característica fragancia, veo ante mí un platón grande lleno de bananos, mamoncillos, anones, mangos, naranjas y limones; de soslayo veo el patio de mi casa y se con pasmosa seguridad que soy feliz.  Amo el silencio y  cualquier canción o música por maravillosa que sea, sacará de mis oídos el arrullo del mar, el susurro del viento, el trino de las aves e incluso el chisporroteo que el calor del sol genera en el tejado.

La palabra que evoca todo ese instante es "Edenifica" ya que es el compendio de un todo en otro todo que soy yo en ese mismo momento, lugar e instante.

Patricia Lara Pachón 





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La gema

 

La gema

El brillo del anillo llamó poderosamente su atención. Fue curioso, pues al ponerle más cuidado notó, el polvo acumulado, grasa adherida al interior, la piedra opaca; sintió en ese momento algo de temor pero el reflejo de introducirlo en el dedo anular fue más rápido. Le quedó flojo, así que el dedo índice fue el siguiente seleccionado. Ahí calzó perfectamente. Se puso la mano ante los ojos queriendo apreciar la belleza del objeto, pero lo que vio fue algo que se movía dentro de la perla. Raro, le pareció raro ya que no era un objeto translúcido. Lo acercó aun más a sus ojos, encendió la luz, se acercó al bombillo y cada vez era más claro que algo se movía al interior de ella.  Buscó una lupa, pero no logro apreciar más de lo que veía a simple vista. Decidió quitarse la prenda pero por más esfuerzos que hizo, ésta se ajustaba aun más a su dedo, causando incluso un poco de dolor. Se lavó las manos, se puso jabón, crema de manos, aceite y nada funcionó. El anillo se aferraba a su dedo y entre más esfuerzos peor era el apretón. Decidió que iría al día siguiente a hacer cortar el metal en la ferretería.
Durmió intranquila y al despertar estaba cómodamente acomodada adentro de una sonrosada ostra.

Patricia Lara Pachón 




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La estatua

 


La estatua 

Escanció el vino y lo bebió despacio, excesivamente despacio, ya que la certeza de que su vida no sería igual lo invadió. Verla sentada en el sofá, erguida, estática; semejante a una estatua de mármol, lo hizo entenderlo. Siguió bebiendo despacio hasta dejar la botella vacía. La arrojó a las crepitantes llamas de la chimenea, tiró ahí también la sucia y arrugada carta, caminó hasta el sofá y se sentó al  lado de ella. Ahora la estatua se completaba.

Patricia Lara Pachón 




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El olor del café

 

El olor del café 
Me dirigí a la casa de la abuela, la esperanza de verla frente a la puerta con las manos en la cintura y esa sonrisa más, en los ojos que en los propios labios desapareció en el mismo instante. No ignoraba yo, que ella había partido hacía ya muchos años. Que ya la paz que me transmitía igual que ella ya no estaba. 
La puerta roja cerrada, el silencio de ella, su ausencia, me llenaron de desasociego.

Patricia Lara Pachón 




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Michelle

 

Michelle


Como casi todas las tardes en mi casa, estaba yo leyendo sentada en un vetusto mueble de la sala, siempre intenté que se vieran limpios y cómodos a pesar de que en realidad eran unos monstruos armados y desarmados por mi.

Mi vida se remitía a ir al colegio en las mañanas y en las tardes ocuparme de labores de limpieza como virutear y encerar los pisos hasta dejarlos como espejos, también preparaba algunos alimentos para la familia; mis hermanos, mi madre y alguien adicional que tampoco faltaba nunca en casa. Y después y para mi pleno disfrute leer, leer todos aquellos maravillosos libros que mi hermano le compraba rigurosamente a un muchacho que trabajaba en "Círculo de Lectores". Tuvimos una maravillosa biblioteca con autores grandes maestros escritores que llenaron mi imaginación de situaciones y personajes magníficos.

Les contaba que estaba sentada leyendo cuando entró mamá con un saco de lana viejo, raído y muy sucio y arrojándolo a mis piernas me dijo; "tóme; se lo regalo". Conocedora de lo bromista que era mi madre, y mientras la observaba con asombro, empecé a desenmarañar el saco, esperando encontrarme una culebra, lo que vi con admiración fue un minúsculo gatito. Cabía él en la palma de mi mano y tenía aún los ojos cerrados. Se le notaba agotado y como si estuviera ya en sus últimos momentos, con lo que no contaba ese pequeña mota de pelos amarillos, sucios y cubiertos de pulgas era con el gran amor que siento por los animales. Inmediatamente corrí a la cocina y tibié leche, y con la yema de los dedos se la fui poniendo en esa minúscula boquita, cuando estuvo saciado, procedí a buscar una caja y con la ayuda de mi novio que llegó providencialmente en ese momento y sabiendo la necesidad de calor que tendría, adaptamos un termostato de un acuario en desuso, lo introdujimos en una botella con agua y lo colocamos en la caja, alejado del gatito. Al cabo de un ratito fuimos a ver como estaba y resultó que la cantidad de agua para el termostato, fue demasiada y casi cocinamos al pequeñín. Así que casi tuve que ser madre canguro. Era más el tiempo que lo tenía en mis brazos que el que estaba en su cajita. Cada dos horas más o menos iba a verlo y a alimentarlo en las noches.  

Fui su madre, y la única familia que conoció fue la mía; mi mamá, y mis hermanos.

Al cabo de unos días nos enteramos que era niña, así que dejó de ser Míchel, y se convirtió en Michelle. Mi primogénita, la niña que llegó a enseñarme lo que es el amor desinteresado.

Ella jamás reconoció la raza gatuna como propia, para ella nosotros éramos su madre, su abuelita y los tíos. Alguna vez vio un gato en el patio y corrió a ocultarse, jamás maulló y se quedó ciega pronto, tampoco duró mucho, a lo sumo cinco años.  

Pero, y este es un pero, pero de los buenos. La amamos mucho, la salvamos de una muerte temprana al lado de sus otros dos hermanitos y la llevo en el corazón por siempre y para siempre.


Yo.

Patricia Lara Pachón



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La boba

  La boba Era Viernes Santo y se encontraban varias personas reunidas en la cocina de la casa finca a la cual habían ido a parar después de ...