domingo, 13 de septiembre de 2026

Michelle

 

Michelle


Como casi todas las tardes en mi casa, estaba yo leyendo sentada en un vetusto mueble de la sala, siempre intenté que se vieran limpios y cómodos a pesar de que en realidad eran unos monstruos armados y desarmados por mi.

Mi vida se remitía a ir al colegio en las mañanas y en las tardes ocuparme de labores de limpieza como virutear y encerar los pisos hasta dejarlos como espejos, también preparaba algunos alimentos para la familia; mis hermanos, mi madre y alguien adicional que tampoco faltaba nunca en casa. Y después y para mi pleno disfrute leer, leer todos aquellos maravillosos libros que mi hermano le compraba rigurosamente a un muchacho que trabajaba en "Círculo de Lectores". Tuvimos una maravillosa biblioteca con autores grandes maestros escritores que llenaron mi imaginación de situaciones y personajes magníficos.

Les contaba que estaba sentada leyendo cuando entró mamá con un saco de lana viejo, raído y muy sucio y arrojándolo a mis piernas me dijo; "tóme; se lo regalo". Conocedora de lo bromista que era mi madre, y mientras la observaba con asombro, empecé a desenmarañar el saco, esperando encontrarme una culebra, lo que vi con admiración fue un minúsculo gatito. Cabía él en la palma de mi mano y tenía aún los ojos cerrados. Se le notaba agotado y como si estuviera ya en sus últimos momentos, con lo que no contaba ese pequeña mota de pelos amarillos, sucios y cubiertos de pulgas era con el gran amor que siento por los animales. Inmediatamente corrí a la cocina y tibié leche, y con la yema de los dedos se la fui poniendo en esa minúscula boquita, cuando estuvo saciado, procedí a buscar una caja y con la ayuda de mi novio que llegó providencialmente en ese momento y sabiendo la necesidad de calor que tendría, adaptamos un termostato de un acuario en desuso, lo introdujimos en una botella con agua y lo colocamos en la caja, alejado del gatito. Al cabo de un ratito fuimos a ver como estaba y resultó que la cantidad de agua para el termostato, fue demasiada y casi cocinamos al pequeñín. Así que casi tuve que ser madre canguro. Era más el tiempo que lo tenía en mis brazos que el que estaba en su cajita. Cada dos horas más o menos iba a verlo y a alimentarlo en las noches.  

Fui su madre, y la única familia que conoció fue la mía; mi mamá, y mis hermanos.

Al cabo de unos días nos enteramos que era niña, así que dejó de ser Míchel, y se convirtió en Michelle. Mi primogénita, la niña que llegó a enseñarme lo que es el amor desinteresado.

Ella jamás reconoció la raza gatuna como propia, para ella nosotros éramos su madre, su abuelita y los tíos. Alguna vez vio un gato en el patio y corrió a ocultarse, jamás maulló y se quedó ciega pronto, tampoco duró mucho, a lo sumo cinco años.  

Pero, y este es un pero, pero de los buenos. La amamos mucho, la salvamos de una muerte temprana al lado de sus otros dos hermanitos y la llevo en el corazón por siempre y para siempre.


Yo.

Patricia Lara Pachón



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