El río cauca fue testigo
Lo recuerdo como si hubiera sido ayer, había llegado hacía unos días a la casa de mi abuela. Otrora entre un frondoso bosquecillo que ahora se veía macilenta, detrás de una enorme construcción de cemento que sería el nuevo colegio del pueblo.
Una noche entre otras, mis tías y yo nos sentamos entre adobes y arena a contemplar la noche estrellada. Hablábamos de todo y de nada, nos reíamos, a veces con suavidad y otras en estentóreas carcajadas. Siendo ellas mayores, la diferencia de edad no era demasiado grande, entre cinco y ocho años aproximadamente.
Retomando la historia, la tía Gloria que era la mayor tuvo una genial idea. Nos sugirió que al levantarnos cada una se llevara como al descuido el adobe sobre el cual estaba sentada. Quería ella construir un fogón. Obedientes y muertas de risa por la broma, mi otra tía y yo procedimos a cargar con el botín. Supongo hoy por hoy, que debería ser un robo continuado para poder terminar la obra. Dejamos los adobes en el baño y nos fuimos a dormir el sueño de Aladino y sus cuarenta ladrones.
Estábamos en el mejor de los sueños de la mañana cuando escuchamos gritos aterradores, mi abuela Maria La O. usando su mejor vocabulario callejero amenazaba a los ladrones que habían dejado el botín en su baño, con entregarlos a la justicia. "Hijueputas" era la palabra más comedida que ella usaba. Mi tía Gloria corrió a calmarla, explicándole lo que planeaba hacer pero fue peor ¡Dios mio!
¿Cuando les he enseñado a robar? ¿Cuando me han visto agarrar siquiera una aguja sin permiso? Los cuándo se sucedían raudos, entreverados con palabrotas. Ya al final y muy seguramente agotada por la explosión de ira dijo con voz suave pero perentoria, "salen ya mismo a devolver los adobes", pero mamá; (suplicaba mi tía) dejenos al menos hasta la noche para hacerlo con disimulo.
Pero no, ella con la tranquilidad que la caracterizaba dijo: "que todo el mundo vea que son unas ladronas"
Así que en pijama, descalzas y muertas de vergüenza, cada una de nosotras agarró el producto del hurto y lo devolvió ante las miradas pícaras y sonrientes de los obreros del colegio.
Sí, debo admitir con descaro, que ese fue mi primer hurto.
Patricia Lara Pachón
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