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sábado, 17 de septiembre de 2016

Zelma Zalamandra



Zelma Zalamandra

Zelma Zalamandra es una mujer muy productiva que tiene más de cuarenta y dele, a lo mejor llegando a los cincuenta y tantos. Los lunes –cuando llega- llega tarde; los viernes –cuando va- se retira temprano. ¡Es que ella tiene muchas obligaciones! Zelma Zalamandra nunca tiene respuesta para lo que se le solicita (excepto el trillado informe que –le pidas lo que le pidas- siempre te remite refechado una y otra vez) y, si se te ocurre pedir algún apoyo que en algo se aleje de su “perfil laboral”, blandirá de inmediato el respectivo manual de organización, ¡vamos, que ahí están sus funciones!
Durante la jornada, Zelma Zalamandra hace honor a su apellido y observa, cual salamandra al sol, los vaivenes de la oficina. Agazapada en su rincón, cuenta las horas del reloj y califica la productividad de sus jornadas en función de las notificaciones y “likes” que recibe en las redes sociales.
Lo dicho, esta amiga es tan productiva, que solo se levanta de su puesto de trabajo cuarenta y cinco minutos antes de la hora del almuerzo para ir a comer y dar una vueltecita hasta las dos o tres, cuando regresa justo a tiempo para revisar las notificaciones pendientes y recoger sus cosas disponerse a regresar a su dulce hogar.
Zelma Zalamandra es muy dada a conversar con todos, habla de la nueva era, de sus siembras de sus vivencias y de las fases lunares. También, cuando puede, conversa inocentemente de los defectos y problemas de los demás, porque los quiere ayudar y desea lo mejor para cada uno de ellos. Pero, ¡eso sí!, si de algo está segura Zelma Zalamandra, es de que ella no tiene la culpa de que malinterpreten los comentarios que va dejando de un puesto de trabajo a otro y que la gente termine peleándose por sus inocentes comentarios… ¡Válgame Dios, es que la gente es tan susceptible!
Hoy es martes, día de dulces y merienda compartida en la oficina, y Zelma Zalamandra no comprende por qué todos, justo a la hora de la reunión han hallado algo para hacer… para nada insiste en llamar, preguntar, invitar y reinvitar, pues solo recibe evasivas y negativas superfluas y dichas por lo bajo. No alcanza a entender las miradas cruzadas, las sonrisas veladas y mucho menos la cara de sorpresa de sus colegas y compañeros. Por supuesto, tampoco entiende que ya todos la ven como un puente roto, al que nadie puede pasar.
Frustrada y sin escenario donde desplegar las es bondades de su arte culinario –que no es tal-, Zelma Zalamandra se regresa a su cubículo farfullando: – ¡Otro logro del gobierno, que tiene a todos tan ocupados y tan disociados, que nadie quiere ya ni siquiera compartir!
Se sienta, mira hacia el ventanal y, molesta de ver a las palomas guarecerse de la llovizna que empieza a caer, hala repentinamente la hoja de vidrio. La atrae con tal fuerza e indignación que, al no medir la distancia, causa un fuerte impacto y la quiebra en mil trozos. Uno de ellos va a dar a su pie, incrustándosele y causándole una herida tan dolorosa como profunda… tan profunda e intensa como sus alaridos de dolor.
El incidente ameritó su inmediato envío a la clínica más cercana. Costó trasladarla, pues todos –conociendo a Zelma Zalamandra y su afán por culpar a otros de sus actos- se dedicaron a esgrimir evasivas. Eso sí, como tampoco querían dejar a semejante bruja gritando y sangrando por todos lados, así que procuraron inmediatamente los servicios de una ambulancia para que la atendiera a cuerpo de bruja, ¡perdón!, a cuerpo de reina.
Al llegar al centro hospitalario, Zelma Zalamandra se las ingenió para caer en desgracia, salpicando de indirectas e improperios a la recepcionista, al camillero, a las enfermeras y a los pacientes que la precedían. Tuvo que esperar un buen rato para ser atendida, así que se dedicó a “socializar” con unos cuantos pacientes, dos o tres enfermeras y unos pasantes que estaban de guardia… cuando llegó su turno de ser atendida, el doctor le preguntó por qué estaba allí (una pregunta que siempre me ha parecido algo absurda, especialmente en casos tan obvios como el de Zelma Zalamandra), ella respondió llanamente: – ¡Gua’, por las palomas!
Atentos como estaban todos a tan pintoresco personaje, al escuchar su respuesta, la risa colectiva no se hizo esperar y Zelma Zalamandra, seria y digna como nunca, respiró profundo mientras sus ojos brillaban de una extraña manera. Al terminar la atención de la emergencia, nuestra amiga salió casi a rastras, nuevamente haciendo honor a su apellido, dejando tras de sí a otros dos pacientes discutiendo por no sé sabe qué cosas que le había contado “la señora del vidrio en el pie”… también hubo un desencuentro en la recepción, donde el vigilante de guardia pedía aclaratorias de lo que reportó una paciente bajita de lentes… Mientras, Zelma Zalamandra tomaba un taxi en la esquina y lanzaba hacia la clínica aquella mirada reptiliana, mezcla de dolor, satisfacción en ira.

​B. Osiris B.​

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