sábado, 17 de septiembre de 2016

La señora K



La Señora K     
 
La Señora K, así, sin más, es un ejercicio de congruencia; su cara dice todo lo que ella es: una amalgama de indecisiones, tristezas y desaciertos que van desde su matrimonio a la elección de la carrera, pasando por la obtención de su actual empleo.
La Señora K no es responsable de nada, ¡todo es culpa de los otros! A su madre, la culpa de sus facciones (pero tampoco se hace cargo de sus gestos o de su arreglo personal); el cabello lo tiene reseco por culpa de su peluquero, que no acierta ni con un tinte ni con una hidratación. También la culpa de ser clase media pues, por su culpa, nació de un padre rico con vínculos en otro matrimonio de quien su madre no se aseguró que muriera ab intestato; con lo cual (¡para colmo!) es hija ilegítima y desheredada.
En cuanto a su casorio, el que esté con su marido es culpa de una prima que ¡en mala hora los presentó! (pero ella lo soporta estoicamente, porque el matrimonio es un mandato de Dios… ¡culpa de Dios, pues!). Y a su marido lo culpa por no tener hijos, ¡porque el muy zángano no la motiva!, y por supuesto que nada tiene que a ella le dé por quejarse de los problemas en los momentos de intimidad, ni de que culpe a su esteticista de su cuerpo tan pálido y delgado.
La Señora K es abogada y jurisconsulta en el ejercicio, aunque –por culpa de sus profesores- nunca aprendió a desarrollar un texto mínimo de dos o tres líneas con una ilación medianamente aceptable. Y, como si esto fuera poco, es culpa de su jefe que sus libelos no sean tan perfectos como quisiera, ¡es que él la enerva!, y ella con eso sí que no puede… como tampoco puede con los niveles de alcoholemia que está acostumbrada a recargar en cada visita al sanitario de damas, costumbre que le quedó de sus años de estudio en quién sabe qué reconocida universidad donde tuvo que pagar para obtener su renombrado título, al no poder demostrar las competencias mínimas para ser litigante.

B. Osiris B.

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