viernes, 26 de diciembre de 2025

Las cosas

 

Las cosas


Las cosas son eso... Cosas
pero a veces no son sólo... Cosas
Uno se apega a esto o a aquello, pero también los recuerdos son cosas. Esas que se acumulan en el cuerpo y en el alma. Cosas que se van apretujando en espacios físicos o internos y que nos llenas los muebles, las repisas y hasta el alma.

Patricia Lara P




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El tiempo que oscurece la mirada... A veces

 El tiempo que oscurece la mirada... A veces


No es que la vida en la calle ochenta y ocho fuera aburrida, solo era predecible y tranquila. Todos sabían que esperar en cada momento. Pero eso era bueno. Muchos de ellos estaban aburridos de los sobresaltos en sus vidas anteriores. Casi nadie partía del centro del volcán para retornar a su vida anterior. Es más, quien lo hacía casi nunca  encontraba a aquellos que había dejado, pues el tiempo transcurría muy diferente aquí y allí.
Octavio estaba feliz casi siempre con esa vida, pero eso no impedía que de cuando en vez extrañara a los suyos. Sabía que les había ocasionado un gran dolor a sus padres y eso a veces le oscurecía la mirada, en momentos como esos, sus compañeros suspiraban y se miraban las manos deseando apretar otras muy queridas entre las suyas.
Octavio el Octavo influía mucho en el estado anímico de sus vecinos en la calle.

Patricia Lara Pachón 



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La calle

 


La calle

Llovía torrencialmente, llovía adentro y llovía afuera. Era impresionante la algarabía en el exterior, pero en su interior la soledad y el silencio eran un todo. Octavio el Octavo sentado en la mecedora del corredor de su casa veía correr el agua por la calle; lo que fluía no solo era el agua que caía irremediablemente, eran también sus lágrimas saladas. Octavio pensaba en sus padres fallecidos, en sus hermanos, en la gente que había sido parte de su vida y que ya no estaba, ya nunca más volvería a verlos y ahora, justamente, los echaba mucho de menos, los extrañaba montones. De pronto y de la nada salió el sol, entro a raudales, y rayos de luces multicolores inundaron la calle, los rostros de los habitantes irradiaron sonrisas. En ese instante; un grupo de gatos de diferentes razas y colores entró en la calle.  Sus colas levantadas al viento lanzaban destellos en cada vaivén. Uno a uno los mininos, se fueron instalando cómodamente en cada una de las casas. La calle antes silenciosa se llenó de ronroneos, mientras alegremente Kaiser intentaba atrapar algo que nunca antes se había visto allí. Una mariposa monarca que bailaba alegremente en frente de su cara, parecía que se iba a dejar atrapar pero luego alegremente se alejaba, para después volver y posarse en su negra y fría nariz.  La vida en la calle ochenta y ocho cambiaba lenta, paulatina e inexorablemente.

Patricia Lara Pachón 



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Metiches

 Metiches


Estoy en el balcón de mi casa, revisando el teléfono. Pasa una señora, la saludo y la respuesta de ella es; y sin conocerme además. Que que vida tan buena la mía. Respondo inmediatamente justificándome, y además, ante una extraña, que espero a alguien. Lo cual es verdad.
Luego lo pienso mejor y me digo que a la señora esa que le importa mi vida. Y que yo no le debía explicación alguna. 
Hasta me enojé conmigo por pndja jajajajaja
Yo aquí pensando en la gente que se mete en dónde no le importa. 

Patricia Lara Pachón




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Hogar

 Hogar


Ella, Patricia le dice a su perrito "bobo", se lo dice con cariño y Capitán le menea alegremente la cola. El can fue dejado en frente de la casa de ella, con una coca con agua y otra con comida. Cuando Patricia lo vio, inmediatamente sintió que ya tenía perro que le ladrara. Fue amor a primera vista. Una vez publicó en el grupo del barrio que lo adoptaría, algunos vecinos jóvenes se dieron a la tarea de atraparlo para entregárselo en sus brazos, la reacción del perro fue darle un lengüetazo y sellar así el trato de ser familia por siempre. Únicamente la muerte los podría separar. 

Patricia no pensó cuando deseo una casa campestre que con ella pero como cuota inicial llegaría el Capi. En unos cuantos años, los paseos por las calles del barrio serán historia y la casa campesina será su hogar.

Patricia Lara P




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Quien eres

 Quien... ¿Quien eres?


Me encantaría saber quien eres... Un comentario en alguno de estos escritos podría ser la forma de saber quien... Quien eres.

Gracias,

Patricia Lara P

Asco

 Asco


Se preguntaba con frecuencia porqué sentía tantas nauseas. Ella no podía saberlo pero yo si lo sé. Le da asco la vida, más exactamente su propia vida.

Patricia Lara Pachón 




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Pues no

Pues no

Cayó con la cara incrustada en el lodo, alcanzó a sacar la nariz apenas antes de perder el sentido. El golpe sordo en mitad del pecho fue quizá lo último que sintió. No supo cuánto tiempo transcurrió pero al volver en sí, el sol le quemaba la espalda y la mitad izquierda del rostro. La cara le escocia horriblemente y el lodo brillaba en tonos escarlata, rosa y dorado. Respiró profundamente y el dolor fue tan intenso que apenas si alcanzó a ahogar un grito. Como pudo empezó a moverse, lento pero paulatinamente. Cada intento le clavaba millones de agujas en el cuerpo dormido que intentaba despertar.  Al cabo de un buen rato, no supo cuánto, logró ponerse en pie y se pudo auscultar con suavidad pero completamente. El orificio que se veía en el pecho, al parecer era la salida de una bala pequeña. Los destrozos eran mínimos. La sangre se había secado y el lodo había hecho una especie de tapón que quizá era lo que le había salvado la vida. Se incorporó poniéndose primero en las rodillas para levantarse por completo después y poder observar por sí mismo, el cuerpo cubierto de barro, la nariz completamente enterrada en el agua, y el orificio sanguinolento. No, finalmente no se había salvado. Yacía ahí, como un muñeco de trapo, era sencillamente un man, un Man cualquiera .

Patricia Lara Pachón 




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Acceso

 Acceso

Me veía impelida a hacerlo. Miraba sin ver realmente y me retorcía los dedos, al sentarme en frente, un retorcijón me enredaba las entrañas. Miraba de nuevo y me ponía de pie e intentaba acercarme pero más me demoraba en agarrar fuerza que en perderla de nuevo. No, a pesar de querer no lograba convencerme, mi deseo no era tan fuerte como para decidirme a la acción y prefería seguir debatiéndome en mi indecisión.


Patricia Lara Pachón 




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Monstruos

 Monstruos 


Y se encontraron el tuyo y el suyo y al reconocerse ardió todo. La feroz destrucción empezó. Rojo y negro y negro y rojo. No había cabida para nada más. Los ojos brillaban con furia y fuego y la saliva hacía espuma que corría desde los labios a la barbilla y de allí a la camisa totalmente empapada. La furia ciega no les permitía ver más allá. Sangre y fuego. Ira que ya nada contenía. Destrucción y muerte y muerte y destrucción ya nada más cabía.

Patricia Lara Pachón 

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Casi invisibles

 Casi invisibles 


Despierto.  Abro los ojos, el gato intenta arrojar mis cosas al suelo, pienso en agarrar el teléfono para ver la hora, pero agarro la almohada y la arrojo, siento los ojos secos, el gato tira algo más, pienso en sentarme pero estiro la mano y agarro las gotas; una o dos en cada ojo. La sensación de llorar me domina, es de la única manera que lo hago, el gato maúlla ¡Oh por Dios! con la manga de la bata me limpio el rostro. El gato se me acerca y ronronea. ¡Dios mío! Voy al baño y me miro al espejo, afortunadamente no me puse las gafas. Regreso al cuarto, el gato se me enrosca entre las piernas, me rio y lo recrimino, por poco y termino en el piso con las cosas que antes arrojó. Miro la hora, regreso al baño y me siento, el gato se aproxima y lo palmeo en la espalda, ronronea. Reviso el celular, la alarma suena, me lavo las manos y la cara y de nuevo voy por las gafas. Subo a preparar el desayuno, el gato se me pone enfrente, desea que lo cargue, lo subo ronroneando, se baja presuroso al terminar las escaleras. Abro la nevera y en un plato le pongo el desayuno. Preparo chocolate o café y huevitos pericos, le pongo mantequilla a unas tajadas de pan, y corto una buena porción de queso; Capitán dará cuenta de la mitad de ésta. Desciendo las escaleras, pongo el plato al frente de mi esposo, le doy su medicina y le alistó la ropa, saco a pasear el perro y sigo así. Haciendo mil y una pequeña cosa tras otra. Mínimas, minúsculas cosas casi, casi invisibles.

Patricia Lara Pachón 

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Me mira

 Me mira


Es hermosa, no logro dejar de ver sus ojos, sus cejas perfectas, su nariz respingada y esos hoyuelos en sus rosadas y regordetas mejillas. Me mira y sé que me seduce, a veces su minúscula falda se levanta y puedo ver los encajes de sus pantaletas. Me mira y me sonríe, una de sus manos como un polluelo queriendo alzar el vuelo me hace un mohín de hola o de ven. Me coquetea, se que me desea tanto como yo. Sus bucles danzan al vaivén del viento. Rie a carcajadas, se detiene para verme de nuevo y aplaude. Me desea. Su mamá se acerca, la toma de la mano y se la lleva. No importa, en el momento oportuno yo voy a estar ahí para cumplir sus sueños y los míos pues se que me desea.

Patricia Lara Pachón 




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Un flujo de conciencia

 Un flujo de conciencia 


Yo

El viento mece las hojas de los árboles, debo ponerme las pilas, no he hecho las llamadas para los medicamentos de mamá y estoy lavando la ropa sin recoger y doblar la otra, barro mientras escucho un audio, debo ir por algunas verduras y la brincha de carne. Hay un olor extraño que debo buscar y sacar, enciendo un par de velas y el incienso, le pongo agua a las plantas, aún no tiendo la cama, debo comprar el fomi y el pegante, no he paseado a Capi, el arroz está seco hay que taparlo, el gato quiere mimos, mi hija tiene hambre, el perro se saborea mendigando un pedazo de queso o un trozo de pan, las hojas de los árboles se mueven, los pétalos se caen y una lluvia amarilla dora la calle.

Patricia Lara Pachón 

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Mi infierno

 Mi infierno 


Piense, piense, piense mija que va a hacer -me digo- aquí, acuclillada y el sol quemando mi cara, deseo levantarme pero el hormigueo en mis piernas  no me deja. Me retuerzo, caigo, me duele, intensamente  y un calor quemante me invade; lloro, lloro a cántaros. Por fin me paro y camino. Un paso cada vez. El miedo me hace detener pero me obligo a proseguir. Veo la puerta, mi puerta al final de la calle, mi calle. Entro despacio, se lo que voy a ver y exactamente es lo que no quiero. Deseo que haya sido un sueño, un mal sueño, una terrible pesadilla. Pero no, ante mis ojos, yace su cuerpo frío, las moscas lo sobrevuelan y se posan en él, las veo con asco entrar por boca y nariz. El olor nauseabundo de la carne podrida invade mis fosas nasales y corro. De nuevo, salgo por la puerta dando un portazo y corro. Llego a la calle en la que antes estuve y me acuclillo. Las piernas me escosen, me duelen y caigo. ¡Dios mío! Estoy en en infierno y mi castigo es éste. 

Patricia Lara Pachón 




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Ama de casa

 Ama de casa


He sido ama de casa toooda la vida. Mejor dicho prácticamente desde mis nueve años. Y aprendí muchas de esas actividades y acciones por la práctica. Así que hoy por hoy yo le explico todo a la gente. Es que por sencillas que sean las cosas todo tiene un motivo. Soy entonces como un educadora nata.  Me detengo en "pequeñeces" que al final no lo son tanto. Por ejemplo;  cuando alguien necesita una receta de pasta. No solo explico la forma de hacerla. Por lógico que parezca a la gente hay que explicarle que la pasta también se cocina. Explico porque al preparar arroz es mejor revolverlo con tenedor antes que con cuchara, etc.
Yo. Considero que no hay tarea que no requiera algún tipo de consejo o de explicación. Y es que yo lo aprendí a las malas, cuando habría sido más sencillo si una persona me lo dijera. Hay que enseñar a pescar pero atrapar a un pez tiene una técnica.

Patricia Lara P





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Microcuento para los que esperan la muerte en cualquier momento

 Microcuento


Para aquellos que esperan morir en cualquier momento.

Hay gente que ve la muerte tan cerca que lo único que lee son microcuentos. 
Ops

Patricia Lara P




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Lunares

 

Lunares 

Acabó de ver en nariz y mentón pequeñísimas manchas.  Raro, había tenido siempre una piel magnífica. Blanca, tersa, ni arrugas, ni pecas, ni manchas habían osado aparecer en ella, pero... los años y su cruel realidad me están convirtiendo en una mujer vieja. La piel se reblandece, y las huellas de la edad hacen estragos.  Bien lo decía mi abuela Maria la O.  Envejecer es una mierda.



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Me recriminan

 Me recriminan


No sé en qué momento empezó a observarme pero de que lo hace lo hace. Sus ojos me siguen por la habitación. Me he dado a la tarea de caminar mirándola de frente y es claro, clarísimo. Se mueven y atraviesan mi alma. Es como si quisieran que confesara algo que ellos vieron que hice. Y no... No pienso hacerlo. Las autoridades me exoneraron, así que no veo porqué debo implicarme.  Esa pequeña niña del almanaque, que un dia tuve la horrible idea de enmarcar no pudo ver absolutamente nada. Ella se escarbaba su dedo con una aguja y estaba muy entretenida como para notar el golpe certero, la sangre caliente, la caída al piso, el charco creciendo y la sábana sobre él, sobre su cuerpo que se iba poniendo rígido y frío. Se que saqué el cuadro del cuarto y lo llevé al estudio para limpiar la escena y que lo regresé después de pintar las paredes y de lavar los pisos. No, yo sé que no vio nada. Pero... Sus ojos me siguen, me persiguen y me recriminan. Nooo, no pienso decir nada... Pero sus ojos, esos malditos ojos...

Patricia Lara Pachón 

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ELA

 ELA


Noté que ella se preocupó muchísimo al conocer su dictamen médico. Los exámenes eran claros y los síntomas ineludibles. Le dijeron que tenía esclerosis lateral amiotrófica. Vi el miedo reflejado en sus ojos y preocupación en el leve temblor de sus manos.
Observé que se angustiaba más al ver que la enfermedad avanzaba y que sus cuidadores se agotaban. Al cabo de unos años y ya reducida a esa silla de ruedas, constató con angustia, que las personas a su alrededor eran cada vez menos, ya que se alejaban unas y fallecían otras. Quizá o muy seguramente de agotamiento por los extenuantes cuidados que le debían prodigar y por el poco descanso del que disponían. Las  muertes naturales también hacían parte de esas innumerables partidas.
Sus facultades físicas ya no le permitían hacer nada por sí misma. Noté que ella me veía con horror cuando caí a sus pies exhalando un último y audible suspiro.

Patricia Lara Pachón 


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Trabaja de día

 Trabaja de día


Trabaja de día que la noche es mía, escuchó que le susurraba el patas al oído. Su abuela se lo había dicho siempre. El oficio, los quehaceres, cualquier tipo de trabajo había que hacerlo a la luz del sol para que fuera santificado.
Trabaja de día que la noche es mía, escuchó esas palabras arriba de las escaleras. Se llenó de temor pues debía continuar sus labores allá.
Subió despacio, usando la mini aspiradora que no por pequeña era silenciosa. El ruido le ensordecía. A pesar de eso escuchó...
Trabaja de día que la noche es mía. Esa voz salía del cuarto al final del estrecho corredor. 
Siguió sin prisa y sin pausa, deteniéndose ante cualquier mancha que percibía en las paredes o el piso.
Notó con suma alegría que la luz empezaba a filtrarse por los resquicios de las ventanas. Al llegar al cuarto, el gallo cantó alegremente y la luz inundó todos los rincones.
Su corazón dejó de latir de prisa y al llegar a la cama se recostó cansada. 
Había llegado el momento de descansar. La siguiente noche la llenaría de nuevo de zozobra y de terror. La adrenalina le haría dejar la casa como un espejo.

Patricia Lara Pachón 

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Y yo...

 Y yo...


Me encantaba, definitivamente me en-can-ta-ba. No había otra manera de decirlo. Imaginarlo me ponía el corazón a mil, las mejillas se me ruborizaban, las manos me sudaban y se me ponían heladas. Si... he-la-das. Es que era algo loco presentirlo y sentirlo era aún peor. !Dios mío! Traga maluca le decían algunos. Yo sencillamente pensaba que estaba tragada; de maluca no tenía nada. Me hacía sentir viva, vibrante y tenía enormes ganas de reír, de abrazar a todo el mundo, de contarles cualquier cosa y de hablar y hablar. Y es que no quería quedarme callada cuando el mundo brillaba como el sol, cuando lo presentía. Enamorada, locamente enamorada era lo que yo estaba. O sería... Sencillamente loca.  Imaginar mi vida sin él era una locura, pero que no estuviera realmente... No, mejor ni pensarlo. ¡Dios mío! Después de lo que hice porque no se alejara, después de haberle enterrado una y otra y otra vez ese cuchillo, ya no podría ir lejos. Pero... No... Ahora ahí no estaba. 
Me desperté, en ese cuarto blanco, envuelta en esa blusa amarrada en torno a mi en un abrazo apretado. Y... Él... No estaba allí, a mis pies, como debía haber sido. 
Ahora... No sé qué va a pasar ahora.
Me ahogo, él no está y yo me ahogo.

Patricia Lara Pachón 

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Les quitaré de enmedio

 Les quitaré de enmedio 


Hoy tomé la decisión. Fue sencillo después de haberlo pensado tanto. Voy a quitarles la vida, no va a ser sencillo por supuesto, pero me tienen harta. Les he tenido paciencia y nada, les he hablado con calma, les he gritado histérica y por un lado les entra y por el otro les sale sin causar el menor impacto. Le he puesto una que otra trampa y escapan de ellas con impunidad absoluta. Así que ni modo. Les voy a quitar la vida. Hoy he contratado a un fumigador... Adiós hormigas.


Patricia Lara Pachón 


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Morir antes de nacer

 Morir antes de nacer


Morir antes de nacer, pero no antes de vivir. Y es que después del primer latido, hay vida. Y hay personas que pueden asesinar, pero todo el mundo no está hecho para eso. Hay que tener sangre fría para seguir viviendo después de eso. O enloquecer. Escuchar todo el tiempo el llanto de su hijo, pensar todos los días como sería, imaginar cumpleaños, navidades. Primer día de escuela, grados, matrimonio... Nietos.

Matar es una cárcel real o imaginaria, pero una cárcel al fin, para la que no todo el mundo está preparado.

Patricia Lara Pachón 

El árbol

 El árbol 


Ese árbol le había ocasionado desasosiego desde siempre. Creció viéndolo erguido, golpeando su ventana a veces con suavidad y otras agresivamente. Con el correr de los años las ramas antes pobladas de hojas grises se quedaron secas, mustias. Parecían a la vista manos con dedos largos y huesudos. Siempre, siempre pensó en ser atrapado por ellos y en morir irremediablemente colgando de esas ramas.
Lo que más deseaba en el mundo era una sierra eléctrica o al menos un hacha con buen filo para poder arrancar el árbol en pedazos incluida su raíz. No deseaba imaginar que un día reverdeciera y se volviera a convertir en el monstruo con el que creció y que poblaba sus pesadillas.
Durante algunos años viajó por el mundo, sin olvidar ni un instante a su enemigo. Regresó convertido en el dueño y señor de esa propiedad incluido por supuesto el maligno árbol. Pensaba únicamente en arrancarlo de tajo. Al llegar lo observó e instantáneamente olvido todo el miedo que le había causado, y solo recordó que en él se había mecido una tarde de agosto. Recordó cómo su cuello se rompió al instante en que sus pies perdieron piso y murió inmediata e irremediablemente.

Patricia Lara P


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Las cosas

  Las cosas Las cosas son eso... Cosas pero a veces no son sólo... Cosas Uno se apega a esto o a aquello, pero también los recuerdos son cos...