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martes, 3 de mayo de 2016

Régulo



Régulo

Es funcionario público de los más funcionarios, llega temprano a no hacer nada (o a simular que algo hace). Cuando llega su jefe -más funcionario que él- a media mañana, van ambos a tomarse un café en el centro comercial de la esquina, porque el de la oficina no sabe igual. ¿De qué conversarán? No de política, supongo, porque ese y otros tópicos filosóficos los abordan en la oficina, cuando regresan como a las 11 a efectuar unas llamadas personales y chequear el estado de la cuenta bancaria que sólo aumenta unas horas el día de la quincena.
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Hoy, como casi todos los días, no vino el jefe. Ya no pregunto por él, pues conozco a la perfección las excusas que este perro guardián esgrime para cuidar las espaldas de su amo. No pregunto, no solo porque no me interesa, sino porque sé que su. Respuesta me planteará la duda existencial de cuál sinvergüenzura es mayor y eso me supone un consumo emocional intelectual que prefiero capitalizar para cuando observe a las hormigas que se empeñan en destruir mi pequeña plantación de pimentones bonsái.
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No vino el jefe, repito, pero da igual, pues nunca tiene respuestas claras y concretas, lo que conduce a mis encuentros con Régulo. No requiero nada de él por el momento, pero nos toca compartir en una reunión. Sus respuestas son vagas y vacías de contenido. De repente comienzo a detestarlo; sí, ¡detesto que me obligue a pensar cien formas de deshacerme de él! Pero amo que despierte mi vena creativa.
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Así, emocionalmente dicotómica, me dispongo a perder una hora de mi vida, oyendo su perorata.
Mientras Régulo habla -balbucea incongruencias- hago un viaje astral, me siento en el borde de una pared, a mis espaldas y frente a él, para observar una metamorfosis: mientras todos los demás desaparecen y sus voces se tornan en murmullo ambiental, me veo crecer y convertirme en un verdugo, capucha y guadaña incorporadas. Él, por su parte, morfosea a plegado de papel que, animado por alguna suerte de hechizo, parlotea, gestualiza y busca aprobación, asilado en un discurso incongruente y redundante. Súbitamente, las mangas sin manos de la oscura figura que ahora soy, blanden la guadaña y, en artístico y fugaz movimiento, hago trizas la figurilla de papel que ahora es apenas un montoncito de papelillos. Siento un jalón. Regreso a mí. Suspiro. Rómulo me sonríe y evado su mirada fingiendo distracción. Los verdugos no sonríen a sus víctimas. Me ofrece café, del que no toma. Ya casi termina la reunión. Me quedo a recoger los trozos de papel que nadie sabe de dónde salieron. Régulo me ayuda y cuida de entregarme hasta el último trocito. Lo pegaré con cinta adhesiva, hoy no merece morir, ¡es todo un caballero!
B. Osiris B.

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