sábado, 28 de mayo de 2016

El cartero ratero



El Cartero Ratero

Lloró desconsoladamente al descubrir, para su dolor, que la letra de aquel paquete que decidió no entregar le era tan familiar... luego de dos semanas de debatirse entre esa extraña sensación de "deja vu" y las inmensas ganas de ceder a su ya acentuada costumbre de quedarse con los paquetes que se le antojaban, decidió revisar el destinatario, a ver quién sería el desdichado -o la desdichada- que esta vez se quedaría a la espera del envío.
Preparó el ritual con el que acostumbraba descubrir el contenido de los paquetes que hurtaba de su diario quehacer: se sirvió un chocolate bien caliente, colocó bizcochos en un plato, un toquecito de brandy en el chocolate, un tope de crema batida, y mermelada de arándanos, para untar en cada bizcocho.
Se sentó a la mesa, colocando el paquete cuidadosamente a la derecha de su pequeño ágape; era ese el sitial de honor.
Levantó el mug con el líquido hirviente y doblemente aromático y, en un ademán de brindis y saludo hacia el paquete, sorbió un pequeño trago. Untó luego un bizcocho y, cerrando los ojos, degustó el bizcocho que sostenía en su mano izquierda, mientras acariciaba con la derecha el extraño paquete, aún envuelto en papel de protección.
Terminado el bizcocho y la sesión de caricias, sorbió otro trago -esta vez más largo- del denso preparado. Limpió sus achocolatados bigotes temporales con el dorso de su mano, la que a su vez, aseó con una pequeña toalla que colgaba en el borde izquierdo de la mesa.
Se acomodó en su silla, se acercó un poco más a la mesa, halando suavemente el paquete. Retiró el papel de protección que había tenido cuidado de colocar para no despertar sospechas y poder hurtar el empaque sin asomo de dudas por parte de los otros carteros.
Con los ojos desorbitados y las manos temblorosas, leyó el nombre del destinatario. La incredulidad, la sorpresa y una tristeza inmensa hicieron presa del cartero que dos semanas atrás, en un arrebato de egoísmo, había robado una vez más uno de los paquetes consignados en sus manos para ser repartidos en aquel vecindario... ¡era su nombre, su nombre, el que aparecía como destinatario!
Leyó -entre lágrimas, suspiros y sorbos de chocolate- cada una de las palabras de aquella apasionada carta, en la que le entregaban un amor incondicional, una promesa de cariño eterno, ¡un corazón!
En vano buscó en cada recoveco del empaque el nombre del remitente, en vano buscó pistas, en vano gritó y lloró... en vano preguntó señas en la oficina de correos.
Le anocheció el día con un dolor en el alma, un vacío en el pecho y un sabor a bizcocho rancio en los labios.
Con la soledad a flor de piel, envolvió cada paquete que atesoraba como un trofeo y -a la luz de la luna llena- embriagado de tristeza y chocolate, emprendió su último reparto para devolver cada uno de ellos, acompañado de un pequeñísimo trozo de su endurecido corazón.

B. Osiris B

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