martes, 22 de marzo de 2016

Hay una hora para todo



Hay una hora para todo

Despertaba y luego de estar con los ojos cerrados escuchando al mundo, lograba dormir de nuevo.  El duermevela no la dejaba descansar plenamente pero era mejor que no dormir nada en absoluto.
Todos los sonidos se magnificaban, así que a veces se levantaba de la cama como una sombra y deambulaba por la casa.  Cuando era una jovencita tenía miedo de todo.  Ahora ella sentía que los "otros" debían tener cuidado de ella pues al caminar, las sombras se apartaban dejándole como un corredor de sombras.  Iba a la cocina y miraba por la ventana el patio.  Se asombraba de la oscuridad interna y de la luminosidad tan brillante que adornaba los árboles, las rosas y hasta uno que otro gato que jugueteaba en el muro de enfrente. 
Miró al cielo y unas estrellas enormes titilaban en lo alto, la luna no se apreciaba desde donde ella estaba pero con seguridad llenaba de luz el patio y todo lo que ella miraba.
Al cabo de un buen rato de continuar parada, observándolo todo, la obscuridad se cerró de golpe.  Esperó unos minutos pues como todos sabemos, antes de amanecer la obscuridad de apropia de la noche, la hace suya.
Miró el reloj que brillaba en el microondas y faltaban tan sólo dos minutos para las seis.  Antes pensaba regresar a la cama, calentar de nuevo el cuerpo que ahora helado; luego tibio, le permitiría lograr un sueño reposado.  Pero no.  Había que retomar la vida, el ritmo de las cosas.  Ducharse y empezar un nuevo día cargado de esperanzas.
A pesar de que el dicho reza: “Todo tiempo pasado fue mejor", ella no lo cree de esa manera, no lo ha podido creer nunca.  Así que siempre espera cosas buenas. 
Se desplaza de nuevo, la luz también lo ha hecho y de la oscuridad no queda más que el recuerdo.  La noche se ha ido a dormir por los rincones y ahora plácidamente dejará transcurrir el día.

Patricia Lara P.


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