sábado, 16 de abril de 2011

María libre de pecado

María cometió su primera gran equivocación al nacer. Ella no lo sabía pero años después fue que se enteró... Ella habría podido nacer en una cuna de blanca pluma, en un hogar con padres acomodados; "pudientes" en una hermosa casa con jardín y hasta un perro o un gato bien bonito habría podido tener por mascota. Pero no; ella nació en la pobreza más grande y entre el frío y la suciedad más espantosa.

María creció en las calles en brazos de una madre drogadicta que conseguía dinero primero para el vicio y si algo quedaba para un mendrugo de pan viejo y seco. Así que sobrevivió de milagro. Aprendió a gatear entre seres viciosos, enfermos y viles y perros famélicos que en algunos momentos no le negaron calor e incluso un mendrugo de la comida que sus amos les arrojaban entre risas y regocijo al ver la niña flaca y ojerosa peleando por un trozo.

Su madre para no verla llorar; pues se desesperaba empezó a darle a oler pegante y en algunas ocasiones uno que otro trago de un licor que quemaba pero daba calor y sueño y por lo tanto se olvidaban las penas. Increíble que una bebé como María pudiera tener penas; pero si... las tenía.

Tendría a lo sumo once años María cuando cometió uno más de sus tantos errores. Se fijó en el señorito bonito que trabajaba en la panadería y el cual si ella se dejaba acariciar un poco le regalaba pasteles y golosinas y claro como era amable y amoroso y olía tan bien –a pan caliente y pasteles de lindos colores- se sentía en la gloria con él. Un día la citó en la noche y ella sin ningún temor se presentó, pero cuál sería su sorpresa al ver que había un ser inmundo esperando por ella. Sintió temor pero el hombre sonrió y le ofreció un dulce y un juguete para vencer su resistencia para luego acariciarla tan fuerte que le causaba dolor… mucho dolor. De todas formas recibió alimentos y hasta ropa y se fue acostumbrando de tal manera a la situación que acudía a la cita sin temor. Podría pensarse que incluso llegó a disfrutar de esos momentos.

Un día se sintió tan mal que acudió a la cita pero para pedir ayuda y al contar lo que sentía fue arrojada con palabras soeces y empellones. No entendía lo que pasaba pero decidió desplazarse hasta un centro médico donde después de hacerla esperar horas le dijeron que estaba embarazada. No sabía qué era eso, no entendía las palabras y menos las caras de las personas que se mostraron preocupadas y deseosas de saber cuántos años tenía - ¡ja!, eso ni ella misma lo sabía-. También deseaban saber quien era el padre de su hijo. Apenas si lograba ver los rostros cuando gruesas lágrimas calientes y saladas corrieron por su cara. No era extraño para ella el llanto pero si la sensación de desaliento y soledad que la embargaba. Por primera vez en su vida notaba que se preocupaban por ella y le prodigaban cuidados, atención y algo que ella no supo comprender pero pensó que sería eso que llamaban amor fraterno.

Pasó el tiempo y su barriga creció y creció y notaba que algo se movía en ella, luego de un cólico terrible pudo ver que de su vientre surgía algo que chillaba y lloraba. Sintió pena… mucha pena pues sabía que el mundo está lleno de ese sentimiento y que la gente no para de sufrir. Al ponerle esa criatura en sus brazos no pudo comprender que sucedía y lo alejaba diciendo que no era suyo que no lo quería. Trataron de explicarle, de hacerle ver que era su hijo, pero ella cerraba los ojos con más fuerza y lo entregaba a quien deseara recibirlo.

De más está decir que en el hospital hasta se alegraron de sacar aquel bebé de las calles ya que María era muy grande y no habría una familia que la deseara adoptar, pero también era muy chica para responsabilizarse de otra vida. Así que muy seguramente ella regresaría a ese mundo oscuro y sucio de las calles y sus gentes oscuras y sucias también.

Su hijo jamás volvió a estar en su mente ni siquiera en sus pesadillas diurnas y nocturnas. Se olvidó de él y regresó a la vida turbia que la esperaba. ¿Su madre? Nunca la había tenido y la persona que fue más amable con ella fue el chico de la panadería, así que regresó a él.

La encontró mayor y más madura y ofreció ayudarle a conseguir un empleo. Nunca había trabajado pero su amigo opinaba que no tenía que hacer nada que ya no supiera hacer.

La llevó con un hombre que tenía un bar de mala muerte el cual le ofreció trabajar como mesera y si deseaba ganarse unos pesos extras también podía atender con más amabilidad a algunos de los clientes. A ella no le pareció difícil ni complicado y decidió empezar a ganarse la vida pensando –soñando- en tener algo propio, un espacio para ella sola en el cual pudiera cerrar los ojos y dormir sin sentir manos que la acosaban. Soñaba despierta viendo un futuro más amable a la vuelta de la esquina.

Empezó a trabajar y desde que lo hizo cometió uno más de los tantos pecados que cometería en su vida. Confió en el hombre de nuevo, este le ofreció dinero para comprar ropa y zapatos y luego para maquillarse y también un sitio para vivir y fue sumando y sumando; nunca restando de tal manera que María le debía tanto dinero que ni trabajando de mesera la vida entera podría pagar, así que tuvo que empezar a atender con más “delicadeza” hombres burdos, sucios, mal trajeados, mal hablados, malolientes, perversos. Hombres que la maltrataban, que la quemaban con cigarrillos, que la obligaban a beber y a sonreír mientras las mismas lágrimas de siempre corrían por su cara.

Esta vez cuando sospecharon que estaba embarazada la llevaron a un centro médico sucio, en una calle sucia, donde un “médico” sucio y una enfermera más sucia aún le arrancaron las entrañas y con ellas a su nuevo hijo. Se alegró incluso pensando que no llegarían más seres indefensos a sufrir en esta vida de mierda y privaciones.

Ya recuperada regresó al “trabajo” y para soportarlo se emborrachó y se drogó y dejó con ello de llorar y de sentir.

Ese fue el peor error que cometió María. Permitir que otros mataran sus sueños y sus ilusiones e incluso sus sentimientos.

María pasó de mano en mano, de error en error; de caída en caída, un traspié tras otro traspié la conducía a uno nuevo. Estuvo varías veces en la cárcel, robo para comer y comió para vivir o sobrevivir pero un día cansada ya se recostó en la puerta de una casa, cerró los ojos sin desear abrirlos nunca más. Sintió frío, hambre, sintió animales que caminaban sobre ella, incluso un perro sucio se acostó a su lado para luego dejarla sola y seguir su propio camino. Ella no abrió los ojos, sintió la lluvia cubriéndola y el sol secándola de nuevo. Ella todo lo sintió pero no deseaba cometer más errores, estaba cansada de cometer errores. Se quedó allí quieta sin respirar casi hasta que de pronto algo cálido la cobijó. Le habló directo al corazón y le dijo. “Cometiste tantas y tantas equivocaciones María que he venido por ti a recogerte”.

Ella sonrío con temor de estar errando de nuevo y exhaló un último suspiro al hacerlo.

Hoy María se cuida pensar, ser y sentir por miedo a equivocarse otra vez.

2 comentarios:

Veo

  Veo esas paredes de bahareque, blancas. Puerta roja a juego con la única ventana. Veo a María la O con sus ojos brillantes, su sonrisa y s...