La escucharon gritar y llorar en medio de esa tremenda tormenta. El rio rugía y amenazaba salir de su cauce y ella gritaba igual. Eran alaridos desesperados y desesperanzados. A veces también se escuchaban a lo lejos los quejidos de un niño. No entendían porqué lograban oírlos, ya que la tempestad parecía ser el fin del mundo.
Se me pusieron los pelos de punta, cuando algunos de mis compañeros quisieron salir a auxiliarlos. Yo me opuse perentoriamente. Me habían hablado tanto en mi infancia y juventud de la llorona, que nada ni nadie me haría ir a su encuentro.
No supe cuánto tiempo transcurrió. Solo sé que la luz de la mañana se fue abriendo paso en la oscuridad de la noche. Ahora solo quedaba una llovizna pertinaz y un frío tan intenso que calaba los huesos.
Desde hacía unas horas no se escuchaba nada. Ni la mujer, ni el niño y curiosamente tampoco el rio.
Nos armamos de valor, abrimos la puerta que había sido trancada fuertemente por dentro y salimos a ese mundo que nos había aterrorizado. Pensábamos observar ramas caídas, rocas arrojadas a granel, destrozos en general del aguacero. Pero no, la calma se reflejaba desde el rio, mismo que serpenteaba apacible y recorría su cause con total normalidad. Pero en medio de toda esa calma y tranquilidad, en el centro mismo del patio frente a la casa, una mujer grisácea tendida en el piso. Las piernas separadas en una posición de muñeca rota y un bebé amoratado entre ellas, con los labios abiertos y los ojos mirando arriba la nada, y atado a ella por un cordón que provenía de su interior, de adentro de ella.
Quizá ambos estarían con vida si el terror de esos hombres no les hubiera impedido salir.
Esa imagen quedaría grabada en su memoria a sangre y fuego. Y el remordimiento no les daría paz por el resto de sus vidas.
Patricia Lara Pachón
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