Él era su amor, amor imaginario. Llegaba todos los días cuando la tarde se metía en la noche a entrar en ella de la misma manera. Despacio, constante y sin parar ni un instante. Se dormía apretado en su pecho para despertarse al cabo de un rato con urgencia. Ella vivía por esas noches despejadas y cargadas de estrellas. No deseaba nada que no fueran noches y nada o nadie que no fuera él. Temía como todos temen el momento fatal, la tarde que muriera y muriera sin él, sin que él llegara a poseerla. La tarde que se llenara de estrellas y en la que su ausencia fuera la única.
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