viernes, 26 de diciembre de 2025

Las cosas

 

Las cosas


Las cosas son eso... Cosas
pero a veces no son sólo... Cosas
Uno se apega a esto o a aquello, pero también los recuerdos son cosas. Esas que se acumulan en el cuerpo y en el alma. Cosas que se van apretujando en espacios físicos o internos y que nos llenas los muebles, las repisas y hasta el alma.

Patricia Lara P




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El tiempo que oscurece la mirada... A veces

 El tiempo que oscurece la mirada... A veces


No es que la vida en la calle ochenta y ocho fuera aburrida, solo era predecible y tranquila. Todos sabían que esperar en cada momento. Pero eso era bueno. Muchos de ellos estaban aburridos de los sobresaltos en sus vidas anteriores. Casi nadie partía del centro del volcán para retornar a su vida anterior. Es más, quien lo hacía casi nunca  encontraba a aquellos que había dejado, pues el tiempo transcurría muy diferente aquí y allí.
Octavio estaba feliz casi siempre con esa vida, pero eso no impedía que de cuando en vez extrañara a los suyos. Sabía que les había ocasionado un gran dolor a sus padres y eso a veces le oscurecía la mirada, en momentos como esos, sus compañeros suspiraban y se miraban las manos deseando apretar otras muy queridas entre las suyas.
Octavio el Octavo influía mucho en el estado anímico de sus vecinos en la calle.

Patricia Lara Pachón 



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La calle

 


La calle

Llovía torrencialmente, llovía adentro y llovía afuera. Era impresionante la algarabía en el exterior, pero en su interior la soledad y el silencio eran un todo. Octavio el Octavo sentado en la mecedora del corredor de su casa veía correr el agua por la calle; lo que fluía no solo era el agua que caía irremediablemente, eran también sus lágrimas saladas. Octavio pensaba en sus padres fallecidos, en sus hermanos, en la gente que había sido parte de su vida y que ya no estaba, ya nunca más volvería a verlos y ahora, justamente, los echaba mucho de menos, los extrañaba montones. De pronto y de la nada salió el sol, entro a raudales, y rayos de luces multicolores inundaron la calle, los rostros de los habitantes irradiaron sonrisas. En ese instante; un grupo de gatos de diferentes razas y colores entró en la calle.  Sus colas levantadas al viento lanzaban destellos en cada vaivén. Uno a uno los mininos, se fueron instalando cómodamente en cada una de las casas. La calle antes silenciosa se llenó de ronroneos, mientras alegremente Kaiser intentaba atrapar algo que nunca antes se había visto allí. Una mariposa monarca que bailaba alegremente en frente de su cara, parecía que se iba a dejar atrapar pero luego alegremente se alejaba, para después volver y posarse en su negra y fría nariz.  La vida en la calle ochenta y ocho cambiaba lenta, paulatina e inexorablemente.

Patricia Lara Pachón 



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Metiches

 Metiches


Estoy en el balcón de mi casa, revisando el teléfono. Pasa una señora, la saludo y la respuesta de ella es; y sin conocerme además. Que que vida tan buena la mía. Respondo inmediatamente justificándome, y además, ante una extraña, que espero a alguien. Lo cual es verdad.
Luego lo pienso mejor y me digo que a la señora esa que le importa mi vida. Y que yo no le debía explicación alguna. 
Hasta me enojé conmigo por pndja jajajajaja
Yo aquí pensando en la gente que se mete en dónde no le importa. 

Patricia Lara Pachón




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Hogar

 Hogar


Ella, Patricia le dice a su perrito "bobo", se lo dice con cariño y Capitán le menea alegremente la cola. El can fue dejado en frente de la casa de ella, con una coca con agua y otra con comida. Cuando Patricia lo vio, inmediatamente sintió que ya tenía perro que le ladrara. Fue amor a primera vista. Una vez publicó en el grupo del barrio que lo adoptaría, algunos vecinos jóvenes se dieron a la tarea de atraparlo para entregárselo en sus brazos, la reacción del perro fue darle un lengüetazo y sellar así el trato de ser familia por siempre. Únicamente la muerte los podría separar. 

Patricia no pensó cuando deseo una casa campestre que con ella pero como cuota inicial llegaría el Capi. En unos cuantos años, los paseos por las calles del barrio serán historia y la casa campesina será su hogar.

Patricia Lara P




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Quien eres

 Quien... ¿Quien eres?


Me encantaría saber quien eres... Un comentario en alguno de estos escritos podría ser la forma de saber quien... Quien eres.

Gracias,

Patricia Lara P

Asco

 Asco


Se preguntaba con frecuencia porqué sentía tantas nauseas. Ella no podía saberlo pero yo si lo sé. Le da asco la vida, más exactamente su propia vida.

Patricia Lara Pachón 




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Pues no

Pues no

Cayó con la cara incrustada en el lodo, alcanzó a sacar la nariz apenas antes de perder el sentido. El golpe sordo en mitad del pecho fue quizá lo último que sintió. No supo cuánto tiempo transcurrió pero al volver en sí, el sol le quemaba la espalda y la mitad izquierda del rostro. La cara le escocia horriblemente y el lodo brillaba en tonos escarlata, rosa y dorado. Respiró profundamente y el dolor fue tan intenso que apenas si alcanzó a ahogar un grito. Como pudo empezó a moverse, lento pero paulatinamente. Cada intento le clavaba millones de agujas en el cuerpo dormido que intentaba despertar.  Al cabo de un buen rato, no supo cuánto, logró ponerse en pie y se pudo auscultar con suavidad pero completamente. El orificio que se veía en el pecho, al parecer era la salida de una bala pequeña. Los destrozos eran mínimos. La sangre se había secado y el lodo había hecho una especie de tapón que quizá era lo que le había salvado la vida. Se incorporó poniéndose primero en las rodillas para levantarse por completo después y poder observar por sí mismo, el cuerpo cubierto de barro, la nariz completamente enterrada en el agua, y el orificio sanguinolento. No, finalmente no se había salvado. Yacía ahí, como un muñeco de trapo, era sencillamente un man, un Man cualquiera .

Patricia Lara Pachón 




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Acceso

 Acceso

Me veía impelida a hacerlo. Miraba sin ver realmente y me retorcía los dedos, al sentarme en frente, un retorcijón me enredaba las entrañas. Miraba de nuevo y me ponía de pie e intentaba acercarme pero más me demoraba en agarrar fuerza que en perderla de nuevo. No, a pesar de querer no lograba convencerme, mi deseo no era tan fuerte como para decidirme a la acción y prefería seguir debatiéndome en mi indecisión.


Patricia Lara Pachón 




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Monstruos

 Monstruos 


Y se encontraron el tuyo y el suyo y al reconocerse ardió todo. La feroz destrucción empezó. Rojo y negro y negro y rojo. No había cabida para nada más. Los ojos brillaban con furia y fuego y la saliva hacía espuma que corría desde los labios a la barbilla y de allí a la camisa totalmente empapada. La furia ciega no les permitía ver más allá. Sangre y fuego. Ira que ya nada contenía. Destrucción y muerte y muerte y destrucción ya nada más cabía.

Patricia Lara Pachón 

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Casi invisibles

 Casi invisibles 


Despierto.  Abro los ojos, el gato intenta arrojar mis cosas al suelo, pienso en agarrar el teléfono para ver la hora, pero agarro la almohada y la arrojo, siento los ojos secos, el gato tira algo más, pienso en sentarme pero estiro la mano y agarro las gotas; una o dos en cada ojo. La sensación de llorar me domina, es de la única manera que lo hago, el gato maúlla ¡Oh por Dios! con la manga de la bata me limpio el rostro. El gato se me acerca y ronronea. ¡Dios mío! Voy al baño y me miro al espejo, afortunadamente no me puse las gafas. Regreso al cuarto, el gato se me enrosca entre las piernas, me rio y lo recrimino, por poco y termino en el piso con las cosas que antes arrojó. Miro la hora, regreso al baño y me siento, el gato se aproxima y lo palmeo en la espalda, ronronea. Reviso el celular, la alarma suena, me lavo las manos y la cara y de nuevo voy por las gafas. Subo a preparar el desayuno, el gato se me pone enfrente, desea que lo cargue, lo subo ronroneando, se baja presuroso al terminar las escaleras. Abro la nevera y en un plato le pongo el desayuno. Preparo chocolate o café y huevitos pericos, le pongo mantequilla a unas tajadas de pan, y corto una buena porción de queso; Capitán dará cuenta de la mitad de ésta. Desciendo las escaleras, pongo el plato al frente de mi esposo, le doy su medicina y le alistó la ropa, saco a pasear el perro y sigo así. Haciendo mil y una pequeña cosa tras otra. Mínimas, minúsculas cosas casi, casi invisibles.

Patricia Lara Pachón 

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Me mira

 Me mira


Es hermosa, no logro dejar de ver sus ojos, sus cejas perfectas, su nariz respingada y esos hoyuelos en sus rosadas y regordetas mejillas. Me mira y sé que me seduce, a veces su minúscula falda se levanta y puedo ver los encajes de sus pantaletas. Me mira y me sonríe, una de sus manos como un polluelo queriendo alzar el vuelo me hace un mohín de hola o de ven. Me coquetea, se que me desea tanto como yo. Sus bucles danzan al vaivén del viento. Rie a carcajadas, se detiene para verme de nuevo y aplaude. Me desea. Su mamá se acerca, la toma de la mano y se la lleva. No importa, en el momento oportuno yo voy a estar ahí para cumplir sus sueños y los míos pues se que me desea.

Patricia Lara Pachón 




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Un flujo de conciencia

 Un flujo de conciencia 


Yo

El viento mece las hojas de los árboles, debo ponerme las pilas, no he hecho las llamadas para los medicamentos de mamá y estoy lavando la ropa sin recoger y doblar la otra, barro mientras escucho un audio, debo ir por algunas verduras y la brincha de carne. Hay un olor extraño que debo buscar y sacar, enciendo un par de velas y el incienso, le pongo agua a las plantas, aún no tiendo la cama, debo comprar el fomi y el pegante, no he paseado a Capi, el arroz está seco hay que taparlo, el gato quiere mimos, mi hija tiene hambre, el perro se saborea mendigando un pedazo de queso o un trozo de pan, las hojas de los árboles se mueven, los pétalos se caen y una lluvia amarilla dora la calle.

Patricia Lara Pachón 

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Mi infierno

 Mi infierno 


Piense, piense, piense mija que va a hacer -me digo- aquí, acuclillada y el sol quemando mi cara, deseo levantarme pero el hormigueo en mis piernas  no me deja. Me retuerzo, caigo, me duele, intensamente  y un calor quemante me invade; lloro, lloro a cántaros. Por fin me paro y camino. Un paso cada vez. El miedo me hace detener pero me obligo a proseguir. Veo la puerta, mi puerta al final de la calle, mi calle. Entro despacio, se lo que voy a ver y exactamente es lo que no quiero. Deseo que haya sido un sueño, un mal sueño, una terrible pesadilla. Pero no, ante mis ojos, yace su cuerpo frío, las moscas lo sobrevuelan y se posan en él, las veo con asco entrar por boca y nariz. El olor nauseabundo de la carne podrida invade mis fosas nasales y corro. De nuevo, salgo por la puerta dando un portazo y corro. Llego a la calle en la que antes estuve y me acuclillo. Las piernas me escosen, me duelen y caigo. ¡Dios mío! Estoy en en infierno y mi castigo es éste. 

Patricia Lara Pachón 




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Ama de casa

 Ama de casa


He sido ama de casa toooda la vida. Mejor dicho prácticamente desde mis nueve años. Y aprendí muchas de esas actividades y acciones por la práctica. Así que hoy por hoy yo le explico todo a la gente. Es que por sencillas que sean las cosas todo tiene un motivo. Soy entonces como un educadora nata.  Me detengo en "pequeñeces" que al final no lo son tanto. Por ejemplo;  cuando alguien necesita una receta de pasta. No solo explico la forma de hacerla. Por lógico que parezca a la gente hay que explicarle que la pasta también se cocina. Explico porque al preparar arroz es mejor revolverlo con tenedor antes que con cuchara, etc.
Yo. Considero que no hay tarea que no requiera algún tipo de consejo o de explicación. Y es que yo lo aprendí a las malas, cuando habría sido más sencillo si una persona me lo dijera. Hay que enseñar a pescar pero atrapar a un pez tiene una técnica.

Patricia Lara P





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Microcuento para los que esperan la muerte en cualquier momento

 Microcuento


Para aquellos que esperan morir en cualquier momento.

Hay gente que ve la muerte tan cerca que lo único que lee son microcuentos. 
Ops

Patricia Lara P




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Lunares

 

Lunares 

Acabó de ver en nariz y mentón pequeñísimas manchas.  Raro, había tenido siempre una piel magnífica. Blanca, tersa, ni arrugas, ni pecas, ni manchas habían osado aparecer en ella, pero... los años y su cruel realidad me están convirtiendo en una mujer vieja. La piel se reblandece, y las huellas de la edad hacen estragos.  Bien lo decía mi abuela Maria la O.  Envejecer es una mierda.



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Me recriminan

 Me recriminan


No sé en qué momento empezó a observarme pero de que lo hace lo hace. Sus ojos me siguen por la habitación. Me he dado a la tarea de caminar mirándola de frente y es claro, clarísimo. Se mueven y atraviesan mi alma. Es como si quisieran que confesara algo que ellos vieron que hice. Y no... No pienso hacerlo. Las autoridades me exoneraron, así que no veo porqué debo implicarme.  Esa pequeña niña del almanaque, que un dia tuve la horrible idea de enmarcar no pudo ver absolutamente nada. Ella se escarbaba su dedo con una aguja y estaba muy entretenida como para notar el golpe certero, la sangre caliente, la caída al piso, el charco creciendo y la sábana sobre él, sobre su cuerpo que se iba poniendo rígido y frío. Se que saqué el cuadro del cuarto y lo llevé al estudio para limpiar la escena y que lo regresé después de pintar las paredes y de lavar los pisos. No, yo sé que no vio nada. Pero... Sus ojos me siguen, me persiguen y me recriminan. Nooo, no pienso decir nada... Pero sus ojos, esos malditos ojos...

Patricia Lara Pachón 

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ELA

 ELA


Noté que ella se preocupó muchísimo al conocer su dictamen médico. Los exámenes eran claros y los síntomas ineludibles. Le dijeron que tenía esclerosis lateral amiotrófica. Vi el miedo reflejado en sus ojos y preocupación en el leve temblor de sus manos.
Observé que se angustiaba más al ver que la enfermedad avanzaba y que sus cuidadores se agotaban. Al cabo de unos años y ya reducida a esa silla de ruedas, constató con angustia, que las personas a su alrededor eran cada vez menos, ya que se alejaban unas y fallecían otras. Quizá o muy seguramente de agotamiento por los extenuantes cuidados que le debían prodigar y por el poco descanso del que disponían. Las  muertes naturales también hacían parte de esas innumerables partidas.
Sus facultades físicas ya no le permitían hacer nada por sí misma. Noté que ella me veía con horror cuando caí a sus pies exhalando un último y audible suspiro.

Patricia Lara Pachón 


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Trabaja de día

 Trabaja de día


Trabaja de día que la noche es mía, escuchó que le susurraba el patas al oído. Su abuela se lo había dicho siempre. El oficio, los quehaceres, cualquier tipo de trabajo había que hacerlo a la luz del sol para que fuera santificado.
Trabaja de día que la noche es mía, escuchó esas palabras arriba de las escaleras. Se llenó de temor pues debía continuar sus labores allá.
Subió despacio, usando la mini aspiradora que no por pequeña era silenciosa. El ruido le ensordecía. A pesar de eso escuchó...
Trabaja de día que la noche es mía. Esa voz salía del cuarto al final del estrecho corredor. 
Siguió sin prisa y sin pausa, deteniéndose ante cualquier mancha que percibía en las paredes o el piso.
Notó con suma alegría que la luz empezaba a filtrarse por los resquicios de las ventanas. Al llegar al cuarto, el gallo cantó alegremente y la luz inundó todos los rincones.
Su corazón dejó de latir de prisa y al llegar a la cama se recostó cansada. 
Había llegado el momento de descansar. La siguiente noche la llenaría de nuevo de zozobra y de terror. La adrenalina le haría dejar la casa como un espejo.

Patricia Lara Pachón 

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Y yo...

 Y yo...


Me encantaba, definitivamente me en-can-ta-ba. No había otra manera de decirlo. Imaginarlo me ponía el corazón a mil, las mejillas se me ruborizaban, las manos me sudaban y se me ponían heladas. Si... he-la-das. Es que era algo loco presentirlo y sentirlo era aún peor. !Dios mío! Traga maluca le decían algunos. Yo sencillamente pensaba que estaba tragada; de maluca no tenía nada. Me hacía sentir viva, vibrante y tenía enormes ganas de reír, de abrazar a todo el mundo, de contarles cualquier cosa y de hablar y hablar. Y es que no quería quedarme callada cuando el mundo brillaba como el sol, cuando lo presentía. Enamorada, locamente enamorada era lo que yo estaba. O sería... Sencillamente loca.  Imaginar mi vida sin él era una locura, pero que no estuviera realmente... No, mejor ni pensarlo. ¡Dios mío! Después de lo que hice porque no se alejara, después de haberle enterrado una y otra y otra vez ese cuchillo, ya no podría ir lejos. Pero... No... Ahora ahí no estaba. 
Me desperté, en ese cuarto blanco, envuelta en esa blusa amarrada en torno a mi en un abrazo apretado. Y... Él... No estaba allí, a mis pies, como debía haber sido. 
Ahora... No sé qué va a pasar ahora.
Me ahogo, él no está y yo me ahogo.

Patricia Lara Pachón 

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Les quitaré de enmedio

 Les quitaré de enmedio 


Hoy tomé la decisión. Fue sencillo después de haberlo pensado tanto. Voy a quitarles la vida, no va a ser sencillo por supuesto, pero me tienen harta. Les he tenido paciencia y nada, les he hablado con calma, les he gritado histérica y por un lado les entra y por el otro les sale sin causar el menor impacto. Le he puesto una que otra trampa y escapan de ellas con impunidad absoluta. Así que ni modo. Les voy a quitar la vida. Hoy he contratado a un fumigador... Adiós hormigas.


Patricia Lara Pachón 


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Morir antes de nacer

 Morir antes de nacer


Morir antes de nacer, pero no antes de vivir. Y es que después del primer latido, hay vida. Y hay personas que pueden asesinar, pero todo el mundo no está hecho para eso. Hay que tener sangre fría para seguir viviendo después de eso. O enloquecer. Escuchar todo el tiempo el llanto de su hijo, pensar todos los días como sería, imaginar cumpleaños, navidades. Primer día de escuela, grados, matrimonio... Nietos.

Matar es una cárcel real o imaginaria, pero una cárcel al fin, para la que no todo el mundo está preparado.

Patricia Lara Pachón 

El árbol

 El árbol 


Ese árbol le había ocasionado desasosiego desde siempre. Creció viéndolo erguido, golpeando su ventana a veces con suavidad y otras agresivamente. Con el correr de los años las ramas antes pobladas de hojas grises se quedaron secas, mustias. Parecían a la vista manos con dedos largos y huesudos. Siempre, siempre pensó en ser atrapado por ellos y en morir irremediablemente colgando de esas ramas.
Lo que más deseaba en el mundo era una sierra eléctrica o al menos un hacha con buen filo para poder arrancar el árbol en pedazos incluida su raíz. No deseaba imaginar que un día reverdeciera y se volviera a convertir en el monstruo con el que creció y que poblaba sus pesadillas.
Durante algunos años viajó por el mundo, sin olvidar ni un instante a su enemigo. Regresó convertido en el dueño y señor de esa propiedad incluido por supuesto el maligno árbol. Pensaba únicamente en arrancarlo de tajo. Al llegar lo observó e instantáneamente olvido todo el miedo que le había causado, y solo recordó que en él se había mecido una tarde de agosto. Recordó cómo su cuello se rompió al instante en que sus pies perdieron piso y murió inmediata e irremediablemente.

Patricia Lara P


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sábado, 1 de noviembre de 2025

Cristal rajado

 Cristal rajado 


Una ventana grande, grande, vidrios empañados por la mugre de años. Grasa, sudor, agua, sal, polvo; todo tan empegotado que apenas sí deja vislumbrar el interior o el exterior. Y él con una como bruma en la cabeza, con pensamientos incipientes que apenas si mueren al nacer. Un niño de dos años, a veces. Y otras un anciano con Alzheimer terminal. Babeando y balbuceando siempre, constantemente, incoherencias todas. Y esa mente que pudo ser brillante se rompió tan de golpe, que nadie se enteró, ni él siquiera. Absurdo, absurdo todo. Absurdo hasta el final, el final de los días. ¿Qué días? ¿Cuáles días? Cristal rajado.

Patricia Lara Pachón 

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Martín y Javier

 Martin y Javier 


Ellos eran hermanos gemelos, idénticos. Vivían en la casa de al lado de la de Octavio. Tenían la misma edad que él y hacían exactamente las mismas cosas. Pudieron pero no; no fueron los mejores amigos de Octavio el Octavo; apenas si lograron ser vecinos;  y eso.
Un dia, la gente se fue arremolinando frente a su casa debido a los horripilantes gritos de la madre.  Primero fueron unos chillidos y luego fue como un aullido de loba a la cual le han arrancado sus cachorros. Y eso era al parecer lo que había sucedido. Al abrir la puerta de la habitación de sus hijos se había encontrado con una escena horripilante. En la cama de cada criatura solo se veía un amasijo de sangre y de órganos. No sé entendía lo que era aquella informe masa.
Debido a los gritos llegaron primero los vecinos, Octavio vio con horror lo que había sucedido a sus vecinos.  Aún ahora a pesar de vivir en la calle ochenta y ocho no logra entender lo que que las mismas  autoridades aun no dilucidan. 
Los muchachos aun jovencitos habían tenido la noche anterior una tremenda discusión con sus padres y estos los habían enviado a su cuarto sin cenar. Empezaron entonces a culparse con palabras, palabras crueles y descripciones terribles de lo que se deseaban hacer el uno al otro. Nunca a pesar de ser idénticos se habían podido querer. El uno se sentía enemigo del otro y viceversa. Así que empezaron a herirse mutuamente. Cada palabra lanzada causaba una herida en el que la recibía. Cada vez eran peores y sin darse cuenta. Quizá por la adrenalina apenas si se percataban de que esos cortes superficiales primero se volvieron profundos y mortales.
Las masas sanguinolentas que encontraron sobre sus camas y que no tenían explicación habían sido ocasionadas por ellos mismos. Ellos que aún en  el último momento ignoraron los poderes que tenían.

Patricia Lara Pachón 

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Andariegas

 Andariegas


Caminan raudamente, van para donde van y sólo ellas lo saben. O no lo saben, quizá sólo lo intuyen.
No sé si olfatean, palpan o ven; pero caminan rápido o corren. Yo que sé...
Ellas buscan aquí y allí quizá comida o insumos para el nido. Hacer ejercicio per sé, no creo que sea. Cuidar el corazón haciendo cardio jajajaja.
Las hormigas hacen parte importante de mi historia, y a veces las amo y otras las detesto.
Papá le pidió a mamá un poco de agua, ella le dio limonada con hormigas... El azúcar estaba lleno de ellas. Él se tomó la bebida mientras la observaba. Ella tampoco dejo de mirarlo mientras se subía al camión cargado de carbón y se alejaba prometiendo volver.  Y volvió tanto que fuimos siete pelaitos Lara Pachón.

Patricia Lara Pachón 


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Jaiku Llueve

 Llueve


Llueve dorado y rosa
El viento lo acaricia
El guayacan se mece.

Patricia Lara Pachón 



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Don perro

 Don perro


Kaiser camina curioso por la calle ochenta y ocho, olfatea aquí y allí y recibe de los Octavios, bocados que disfruta con deleite.  Entra en una casa y en la otra y en todas ellas, es recibido con cariño, le dan palmaditas en la espalda y le sonríen con aprobación. Duerme dónde le provoca y al despertar encuentra algún obsequio de comida deliciosa o algún objeto para su disfrute y juegos.  Es el único perro de la calle y añora a ratos  a las perritas que antaño olfateaba para ver si estaban en calor y por fin dejarles la semilla de su descendencia. Recuerda que un par de ellas tuvieron cachorros igualitos a él.  Como buen perro luego de unos días se olvidaba de ellas, pero jamás de ellos.
Empezó a pedir en sus sueños que una perrita también llegara para compartir las horas apacibles en la calle ochenta y ocho, pero nunca desea irse de allí. Pues es feliz en esa tranquilidad que emanan los miembros de esa comunidad. 

Patricia Lara Pachón 




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domingo, 26 de octubre de 2025

Yo

 Flujo de conciencia II 


Yo


¡Qué rico como el viento mece las hojas de los árboles!... debo ponerme las pilas, no he hecho las llamadas para los medicamentos de mamá, pero estoy lavando la ropa, ¡y además tengo que recoger y doblar la otra!... Déjame aprovechar barrer mientras escucho un audio, ¡Dios, que no se me olvide llamar para lo de los medicamentos!... ¿Qué será ese olor extraño?, mejor enciendo un par de velas y el incienso rapidito para ir por algunas verduras y la brincha de carne. ¿De qué será ese bendito olor extraño?, tengo que buscarlo y limpiar cuando lo encuentre... Pongo agüita en las plantas y voy a lo de las llamadas... ¡aún no tiendo la cama!... Cuando salga, que no se me olvide que debo comprar el foami y el pegante... Se me está yendo la tarde y aún no he paseado a Capi; el arroz está seco, lo tapo y me siento un ratito con el gato que quiere mimos. Lau tiene hambre, ¿será que le preparo algo? ¡Tan lindo Capi, como se saborea mendigando! ¡Qué rica brisa que mueve las hojas de los árboles!, esos pétalos se ven bellos al caer... ¡Empezaron a llover, llover flores y esta lluvia amarilla que dora la calle está como para escribir un cuento!... Con esta humedad se me tardará más en secar la ropa... No me está rindiendo la tarde, ¡y todavía tengo que llamar por las medicinas de mamá!


Patricia Lara Pachón 



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Otoño

 Otoño


El otoño un dia se percató que él fue justamente, el preludio de la muerte. Las hojas se tornaron amarillas y cafés, otras doradas. Cayeron motivadas por el viento suave primero y huracanado después. El piso era un tapete crujiente y a pesar de todo hermoso. Los troncos de los árboles inhiestos veían todo con desolación. El pasto se pudrió en sus raíces, fango frío y resbaloso lo cubría todo.

La vida expiraba, ya no se podía esperar nada; y de pronto... Una pizca de verde se asomó temerosa entre toda esa devastación, y después otra y una más. Y todo se volvió verde y las ramas se mecían al viento y como por arte de magia se llenaron de hojas y de nidos con huevecillos y las aves trinaron y se acicalaron y luego en tan solo un parpadeo los colores y olores llenaron los sentidos y el amor lo pobló todo. Las flores se mecían alegremente llenando de fragancia los parques y jardines. Y fue ahí, justamente ahí cuando el otoño se enteró que en realidad era el preludio de la vida.


Patricia Lara Pachón 


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viernes, 24 de octubre de 2025

Los Gatólicos

 

Los Gatólicos 

Cuentan aquellas gentes que pueden contar, que al parque al que iba a reflexionar Octavio el Octavo, recostado en ese hermoso y frondoso Olmo, acudían un grupo de unas seis o siete personas, acompañados de sus mimados mininos.  Ellos acostumbraban hablar de sus gatos como si dioses fueran, contaban con admiración cada cosa que estos hacían. Era tanta la adoración que sentían por sus gatos que terminaron formando prácticamente una secta a la que denominaban entre risas y chanzas "Gatolicismo".
Estos amigos habían observando a Octavio muchas tardes y notaron con algún asombro, que ocultaba cosas entre las raíces del Olmo. Un día,  tan pronto como se había ido, movidos por la curiosidad, sacaron la bolsa y hurgaron en ella analizando su contenido. Lo que más les llamó la atención fue el mapa en el cual se mostraba una ruta al volcán y luego algunos túneles y señales que en su momento no entendieron, ni tampoco les prestaron mayor atención.  De todas formas procedieron a guardar en el mismo sitio las pertenencias de Octavio.
Pasados algunos días. Ellos seguían reuniéndose para discutir cada una de las gracias de sus gatos, pero notaron que el muchacho no había vuelto más. Buscaron entre las raices y ya el paquete no estaba. Así que se dieron a la tarea de investigar que había pasado con él joven y se dieron cuenta que había desaparecido misteriosamente y sin dejar huella alguna, supieron entonces que sus padres y hermanos lo buscaban por cielo y tierra y nadie daba razón de él. Incluso, la vecina Patricia que tenía un par de gatos se acercó para preguntarles si algo sabían. Ellos no dijeron nada, pero empezaron a hablar al respecto y fue entonces que recordaron el mapa.
Movidos por la curiosidad decidieron dirigirse a la montaña a ver si encontraban alguna señal o pista sobre Octavio.  Cada quien agarró su gato, y un pequeño morral con agua y alimento y partieron rumbo al imponente volcán.
No sin dificultad encontraron la boca de una caverna y por allí se introdujeron. Los gatos al parecer conocían el camino, pues apenas entraron, se liberaron de sus collares y correas y levantando la cola y ronroneando felices dirigieron a la pequeña comitiva.
Empezaron a ver señales casi imperceptibles, así que aplaudían cada tanto y maullaban humanos y gatos sin dejar de  continuar su camino.
De pronto, los gatólicos dejaron de ver adelante sus gatos, y por más que los llamaban estos no acudían. Un leve rumor de agua  cruzaba un bosque intrincado.  El arrollo parecía cantar llamándolos... Convenciéndolos... Embrujándolos... Uno a uno se fueron introduciendo en esas aguas mansas como si de un bautizo sagrado se tratase, entonces  las aguas tranquilas enfurecieron.  Uno a uno los miembros de aquella alegre secta  perdió la vida,  lo último que vieron sus ojos aterrados, fueron a sus gatos entrando a una calle recta, pareja y perfecta.

Patricia Lara Pachón 




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El profe


Es que eres un ser humano maravilloso y que motiva mucho. Es genial sentir que debo escribir porque quiero y porque necesito que te sientas orgulloso de hacer que la semilla germine. Que el mundo se llene de palabras que signifiquen todo. 
Me alegra que tengas personas a tu alrededor que te admiren, quieran, respeten y valoren tu generosidad como yo. 
Abrazo grande grande. Y sigue llorando que las lágrimas de alegría son las mejores (creo yo).

Patricia Lara Pachón 


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Pudo ser...

 

Pudo ser...

Una horrible tragedia. Íbamos en el auto Paco, Zor, Sofi, Pao, Lau, Ric y yo. Vi la recta perfecta para  adelantar el carro, obviamente para hacerlo, incluso yo que no conduzco, sé que hay que acelerar. De pronto, en la curva, frente a nosotros aparece la tractomula. Como copiloto le digo a Paco que acelere. Frenar no es opción por los autos atrás, así que veo que lo hace, pero se arrepiente y gira introduciendo el auto entre las enormes llantas. Veo como se va arrugando la latonería, el retrovisor salta y yo me veo a centímetros de quedar atrapada entre latas retorcidas.
Fue hórrido... Dice Zor, yo iba dormida, llevaba sobre las piernas a mi ahijada, cuando abrí los ojos por el crujir de las latas casi se me estalla el corazón. Que cosa más espantosa. Por mi mente pasó la imagen de mi hijo.  ¿Qué habría sido de él sin mi?
Aún no entiendo que pasó, dice Paco. Iba conduciendo el carro nuevo de mi amigo, llevaba a su familia para Medellín e iba a volver a quedarme con mi esposa y mis hijas en su casa campestre. Íbamos hablando tranquilamente, veo la calle recta y avanzo normal y ¡hijuemíchica!, no se de dónde salió esa tractomula. Pienso en desacelerar pero Patricia me dice que acelere, lo hago y luego me arrepiento. Freno y el timón por reflejo lo muevo a la derecha. Me voy metiendo entre las llantas enormes y  un sin fin de pensamientos se apodera de mi mente.  Dañé el carro, casi me mato y mato ésta gente, ¿que hago? ¿que digo? Me estoy volviendo loco, pienso aceleradamente en todo lo que va a suceder en adelante; pero le agradezco al universo que estamos vivos y no hay ningún herido. Bueno... Las latas se pueden arreglar... Pero la vida no tiene precio. Pudo haber sido muy grave.

Patricia Lara Pachón 

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Don perro

 Don perro


Kaiser camina curioso por la calle ochenta y ocho, olfatea aquí y allí y recibe de los Octavios, bocados que disfruta con deleite.  Entra en una casa y en la otra y en todas ellas, es recibido con cariño, le dan palmaditas en la espalda y le sonríen con aprobación. Duerme dónde le provoca y al despertar encuentra algún obsequio de comida deliciosa o algún objeto para su disfrute y juegos.  Es el único perro de la calle y añora a ratos  a las perritas que antaño olfateaba para ver si estaban en calor y por fin dejarles la semilla de su descendencia. Recuerda que un par de ellas tuvieron cachorros igualitos a él.  Como buen perro luego de unos días se olvidaba de ellas, pero jamás de ellos.
Empezó a pedir en sus sueños que una perrita también llegara para compartir las horas apacibles en la calle ochenta y ocho, pero nunca desea irse de allí. Pues es feliz en esa tranquilidad que emanan los miembros de esa comunidad. 

Patricia Lara Pachón 




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Buuuuuu

 

Buuuuu


Hubo un tiempo en el que la calle ochenta y ocho estaba recién nacida y había al final de ella una casa que sin haber sido habilitada se veía derruida por los años; el clima. Las paredes desconchadas, en las que se notaban varias capas de pinturas, los pisos llenos de protuberancias y de huecos, de raices y plantas, las puertas y ventanas carcomidas por el comejen y por el oxido.

Los muebles en el interior se sostenían por algún embrujo o milagro. El más leve roce las haría caer sin ruido alguno convertidas en polvo de estrellas.

Al ingresar en ella, Octavio el Octavo notó pues era imposible no hacerlo, la casa. Luego de entrar en la suya propia y de observarlo todo, su rumbo se encaminó a la casa en ruinas. Intuyó, porque intuir era su destino que la casa lo esperaba para contarle sus secretos. Entro en ella intentando no tocar nada ya que el temor le impedía incluso respirar, de pronto de una de las esquinas de la sala empezó a crecer y a aproximársele una en un principio minúscula cabeza que fue creciendo mientras iba abriendo la boca en dirección al visitante. Se sucede entonces una implosión que deja a Octavio aturdido, parado en medio de la nada; cubierto de polvo y en medio de un montículo del mismo.

La situación lo dejó lleno de dudas y de cavilaciones. ¿Sería acaso esa la última casa de la anterior calle ochenta y ocho? ¿O quizá la primera que volátil iba a posarse en otro volcán en otro mundo y momento?

Octavio el Octavo sería acompañado por esas preguntas por mucho tiempo.


Patricia Lara Pachón 


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El principio

 

El principio

En el principio de los tiempos la calle ochenta y ocho empezaba a ser. De pronto, adentro del volcán empezó un viento suave y luego un poco más fuerte y después un remolino. Y al llegar la calma allí estaba ella. La calle larga, recta y perfecta y flanqueándola, las casas  magníficas y las macetas iguales y todo, todo exactamente idéntico. En medio de la calle un viejo, de jeans un tanto desgastados, camiseta amarilla, de poco menos de metro setenta, cabeza calva, piel canela, gafas, y con una sonrisa grande, admiraba la obra que imaginó debía  haber sido creada por un ser superior. Ferdinand se llamaba. El hombre se gira y mira por instinto pues siente la presencia de alguien y mira hacia la entrada y ve a los primeros Octavios ingresar. Se siente descubierto y pensando en huir siente de nuevo la imperiosa necesidad de transmitirles alguno de sus recuerdos. Los deja acercarse y les dice: "Todo lo que empieza tiene que acabar" y después continúa "la calle ochenta y ocho que es como se llama éste lugar. Un día llegará a su fin. Se sucederan casi eternamente los Octavios y las Vianas, hasta que un día empezaran a acontecer cosas diferentes, distintas, será el momento en el cual empezará el principio del fin y el viento que lo creó todo, se lo llevará todo".
Ellos, escucharon al hombre y guardaron en sus mentes el recuerdo del anciano y de su profecía. Y sin más dilación se instalaron sin temor alguno en la casa que sería su hogar por tiempo indefinido. Cuando fueron llegando nuevos vecinos, referían la historia del viejo señor y les hacían saber también que lo habían visto desaparecer como en une suspiro. Después el recuerdo se fue disolviendo hasta que al correr de la vida en la calle, parecía que había sido tan solo un sueño.
La calle ochenta y ocho apenas empezaba y pasaría mucho tiempo y se sucederían muchas cosas antes de que llegara a su fin.
¿Su fin?

Patricia Lara Pachón 

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Lucía

 

Lucía 

Un día cualquiera entre tantos otros tan idénticos que se vivían en la calle ochenta y ocho Viana rompió en llanto.  Lloraba quedito dejando correr las lagrimas por su rostro y caer en su pecho dejando cada vez que la mancha de ellas en su blusa se hiciera más y más grande.
Lloraba sin parar, el consuelo no llegaba y los demás habitantes de la calle ochenta y ocho la observaban con pena. Uno a uno también fue rompiendo en llanto. No sabían porqué pero su tristeza en lugar de menguar crecía. Todos querían saber porqué ese dolor se había apoderado de todos y cada uno de los habitantes de la calle, como si fuera propio.  El dolor les apretujaba el pecho y no había forma de dejar de llorar.
Viana, en esa paz y armonía que se vivía en la calle había tenido un recuerdo. Uno de su vida anterior.  En su momento el dolor había sido amordazado, pero ahora había crecido dominándola, y no solo a ella, también a los demás.
De pronto en los recuerdos de cada uno de ellos apareció Lucía. Su alegre y sonriente amiga. Viana la conoció cuando llegó a vivir a esa ciudad caliente y festiva. Y Lucía abierta y cariñosa como era la adoptó. La convirtió en su hermana y la hizo parte de su familia.
Solían ir de compras, y morir de risa con tantas bobadas compartidas. Tomaban café y hablaban de lo humano y de lo divino. Se volvieron una.
Un día, un fatídico día Lucia enfermó de gravedad y Viana que tuvo que ir a otra ciudad supo que ya jamás la volvería a ver con vida. Mantuvieron comunicación vía telefónica , a pesar de que las llamadas de larga distancia costaban un ojo de la cara.  Hablaban constantemente y se lo contaban todo.
Viana la llamó un día y la notó agotada, muy cansada.  Lucía había perdido a su hija hacia unos meses y ya no quería luchar más. Sentía que lo mejor era bajar las manos y partir.  Viana lo percibió así, finalmente se reconocían aún en los susurros.  Le dijo. ¿Estás cansada? Lucía respondió sí.  Pero no puedo hablar ahora, más tarde te llamo.  Viana esperó su llamada pero la que recibió fue la de la otra hija. En ella le decía que lucía había sido hospitalizada, que estaba en coma inducido. Viana le mandó su cariño, le pidió que le dijera cuánto la amaba y que estaría en sus oraciones y en su corazón siempre. 
Unos días después,  Viana encontró esa llamada perdida en su teléfono. Su amiga, hermana si le había cumplido la promesa, la había llamado antes de entrar en la clínica para no salir con vida ya más.
El dolor de esa despedida que finalmente no se dió le oprimió el pecho, las lágrimas fluían sin cesar.
Aquel recuerdo tan vívido se transfirió de forma mágica a los demás habitantes de la calle y les mantuvo en duelo por algunos días y las lágrimas les surcaron los rostros dejándolos algo así como vacíos.

Patricia Lara Pachón 



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Doña Patri

 

Doña Patri 

La llegada de Kaiser y su milagrosa transformación tenía maravillado a Octavio el Octavo, de tal forma que le dedicaba momentos de contemplación. Una tarde brillantina.  Alguna brisa, el brillo de una roca, alguna brizna flotante; lo llevó a su hogar familiar, a su vida anterior que ahora parecía tan lejana. Vio a sus padres sentados a la mesa conversando, a sus hermanos en sus diversas ocupaciones y a su cariñosa vecina Patricia Lara, hablando con las plantas que amorosamente cuidaba en su jardín. Vio, recostados en el peldaño de la puerta de su casa a los dos hermosos gatos que ella amaba con locura. Bastian y Borges y observó  también a Capitán, el perrito que alguien dejó debajo de su naranjo y que nada más verlo, lo sintió propio. Lo adoptó con el amor acostumbrado, que además era mayor debido a la tristeza del abandono del animalito.
Recordó Octavio el Octavo, con cariño; las veces que viendolo sólo lo invitó a su casa a tomarse alguna bebida fría o caliente acompañada de buena conversación, de consejos y de miradas que atravesaban el alma. Gracias a ella, él vivió ratos apacibles que le llenaban el alma. La recordaba con cariño y respeto, ella se sabía amada por muchos debido a que siempre estaba dispuesta a regalar alguna frase cariñosa, algún consejo, una sonrisa franca.
Octavio recordó la noche anterior a su partida y la vio a través de la ventana. Ella le hizo un gesto de adiós con la mano y entrecerró los ojos en un mohín propio de ella. Él le devolvió el gesto con la mano y le sonrió. Quiso acercarse a ella, decirle adiós y que la extrañaría , pero sabía que ella intentaría disuadirlo.
Octavio entró a su casa con el corazón un poco apretujado. Recogió aquellas cosas que necesitaría y ocultó el recuerdo de la querida señora en un hermoso recoveco de su alma.
Al día siguiente partió hacia el volcán, hacia su destino.

Patricia Lara Pachón 




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Pesadillando

    Pesadillando


Tuve un sueño espantoso. Mi casa era de un piso y exactamente como la quería, pero estaba llena. Llena de gente, amigos. Todos amigos. Iban y venían de aquí para allí. Eran demasiadas personas. Yo enloquecía. Sentados prácticamente en mis plantas, todos los muebles ocupados, los gatos escondidos, Capitán gruñendo y reculando, e incluso un muchacho en la bañera medio llena. Yo, enloquecía. 
De pronto entran voces estentóreas desde la calle, voces que conminan a salir y ubicarse frente a la puerta de la casa. Mi esposo sale dispuesto a enfrentarlos y lo pierdo de vista. 
Todos esos muchachos que estaban en mi casa se han ido, los vecinos se fueron ubicado al frente de sus casas. Familias no muy numerosas y mis dos hijos y yo nos sentamos en los peldaños de acceso a la nuestra.
Estoy aterrada. Hombres uniformados avanzan por la calle diciendo algo por los altavoces, no logro entender lo que dicen pues mi corazón palpita tan fuerte que ahoga los sonidos exteriores.
-Creo que es el temor a lo desconocido que nos espera en éstos momentos-
Yo aquí contándoles mis temores no tan ocultos.

Patricia Lara Pachón




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lunes, 6 de octubre de 2025

El canino

 El canino 


Un día cualquiera en la calle ochenta y ocho Octavio el Octavo perdió un diente. Por increíble que parezca, el canino superior izquierdo se separó de la encía y cayó. Dejó un espacio demasiado notorio en su  sonrisa. Octavio dejó de sonreír y su rostro se tornó huraño.
Empezó entonces a soñar con la vida exterior; a pensar que allá afuera podría tener acceso a servicios medicos incluidos por supuesto los odontológicos.
Penso en su plato favorito. Lo preparaba para sus padres y sus hermanos cada vez que podía. Y ahora ese recuerdo bailaba en su cabeza casi constantemente. Era curioso. La receta era sencilla, pero todos adoraban ese plato. Los hacia sentir felices y satisfechos.
Ese plato suculento para él, en la calle ochenta y ocho no parecía importante. Finalmente siempre había comida deliciosa en cada casa.
Octavio cada día más pensaba en que debía deleitar a todos sus compañeros con un delicioso Ajiaco y tanto lo pensaba y repensaba que un día brotaron en las macetas algunas guascas. Uno de los aliños más preciados del suculento plato.  De la nada y como sin querer en cada una de las casas de la calle ochenta y ocho aparecieron mazorcas, diferentes clases de papa, cebollas redondas y largas, sal, pimienta, pechugas de pollo, crema de leche e incluso unos frascos de vidrio que contenían alcaparras, etc.
Todos miraban con admiración cada uno de los elementos que por separado no eran nada pero juntos... Juntos serían otra cosa.
Octavio recordó que al final del arcoiris había una olla de barro repleta de monedas de oro. La vació y lavó con cuidado. Luego puso en ella agua y como en el cuento de la sopa de piedra, cada uno de los habitantes fue depositando en ella los ingredientes.
El pollo primero, luego la sal, la pimienta, las cebollas finamente picadas y las guascas para que fueran "soltando" sabor y aromas. Después, las diferentes clases de papa para que tuvieran tiempo de ablandarse e incluso deshacerse deliciosamente. Octavio revisó el punto de sal y el sabor. Los demás vecinos observaban y se relamían solo al olerlo. Ya faltando unos minutos pusieron en la olla las mazorcas y retiraron la pechugas. Octavio procedió a desmecharlas y las fue poniendo con sumo cuidado en los platos que cada uno de los habitantes tenía en sus manos. Octavio, su compañero servía la deliciosa sopa sobre el pollo y agregaba la crema de leche y las alcaparras.
Como en un picnic cada uno de ellos se sentó en la calle y procedió a comer el delicioso  Ajiaco.
Las sonrisas iluminaron las caras de los habitantes de la calle ochenta y ocho y ninguno de ellos se sorprendió al notar que a Octavio el Octavo le había salido un diente nuevo.

Patricia Lara Pachón 

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Las cosas

  Las cosas Las cosas son eso... Cosas pero a veces no son sólo... Cosas Uno se apega a esto o a aquello, pero también los recuerdos son cos...