Caperucita y otras
En un pueblo roñoso y polvoriento, olvidado de Dios y del mundo, metido en medio de unas montañas y con un río triste atravezándolo; vivía una graciosa viejecita que juraba a pie juntilla haber sido en el pasado la misma Caperucita roja. A todo aquél que quería oírla le contaba la siguiente historia.
Yo, vivía en una casa hermosa, de paredes muy blancas y cortinas que se mecían a la suave brisa de las tardes primaverales.
Mamá, era maravillosa y me quería tanto que me daba gusto en todo aquello que podía. Así, que tejió hilo a hilo, puntada a puntada una caperuza roja. El hilo inicialmente blanco se tiñó de rojo; de tantos pinchazos que se daba la pobre. Es que de coser o tejer ni idea tenía. Y para terminar de ajustar, la prenda olía terriblemente mal. Pero, ni modo, había que usarla ya que no podía romper su corazón en mil pedazos.
Un día, mamá me dijo que la abuela estaba enferma, que había que ir a su casa en medio del bosque a llevarle tortas y miel. ¡Tortas y miel! jajajaja. Parecía chiflada la pobre. Buenoooo ella era medio chiflada muy. En realidad le sentarían mejor a la abuelita un caldito de gallina y algunos medicamentos para sudar la peste que tenía. Por supuesto, juiciosa como yo era, obedecí a mamá. Ella me recomendó que me fuera mejor por el camino largo, pues por el corto habrían muchos peligros. Un lobo vivía hambriento por esos lares.
Yo, que quería deshacerme de la olorosa caperuza me dirigí segura hacia el camino corto y peligroso y por supuesto hacia el lobo feroz.
El pobre animal me olió desde lejos y corrió a ocultarse de mis pestilentes intenciones.
Me tomé mi tiempo eso sí, y lo esperé y esperé y nada.
Así que, recogiendo flores aquí y allí; con la excusa de llevárselas a la abuela llegué a su puerta.
Toqué y toqué pero nadie atendió. Recordé un cerdo que soplaba para abrir la puerta y como un fuerte olor salía desde dentro de la casa. Pensé, que a lo mejor; la vieja había estirado la pata y ya hedía. ¡Pero no! Mamá le había hecho a la abuela, una bufanda tan apestosa como mi capota. A lo mejor era eso lo que le había puesto tan mal a la abuelita.
Llegué hasta la cama y la ví bien abrigada. Noté que tenía los ojos febriles y muy grandes y le pregunté; Abuelita, ¿porqué tienes los ojos tan grandes? Son para verte mejor hijita. Abuelita, ¿Porqué tienes las orejas tan largas? Son para oírte mejor hijita. Abuelita, ¿Porqué tienes la nariz tan chata? Para no respirar éste horrible olor hijita.
Bueno, igual ni ella ni yo queríamos entristecer a mamá y llevábamos con dignidad sus prendas tan apestosas como afectuosas.
Decidimos entonces fingir un ataque del lobo. Destruimos prácticamente la casa. Arrojamos a la chimenea ambas prendas, quemamos otras más para que no fuera tan evidente nuestra acción. Atrajimos al lobo con comida deliciosa y remilgos. Y el pobre cayó en nuestras garras.
Lloró, suplicó, pidió perdón. Así que movidas por la compasión lo dejamos ir al río y fingir su propia muerte. Pero... Como las cosas a veces no salen como uno desea. El cazador que había oído los gritos y destrozos vio salir al lobo de la cabaña y le dió un tiro certero en mitad de la frente. Al oír los disparos y aterradas por lo que habíamos hecho mi abuela y yo, le abrimos la barriga al lobo y se la llenamos de piedras para desaparecer las pruebas de nuestras acciones. Cómo pudimos empujamos al lobo al rio, con tan mala suerte que nosotras mismas caímos en él. Un golpe, un arañazo, agua que entraba a raudales por boca y nariz. Vimos la muerte en muchas oportunidades; hasta que al fin me desperté sobre una roca candente. La abuela había desaparecido y yo a punto de expirar fui vista por unos indígenas que al verme se pusieron de rodillas dando gracias al Dios sol por la cena.
Sin poderme mover vi como alistaban el fuego y se relamían al hacerlo. De pronto el astro se ocultó por milagro de Dios. Los pobres muertos de hambre y miedo corrieron a ocultarse dejándome a mi triste suerte. Temerosa, me arrojé de nuevo al rio dispuesta a morir. Me desperté después en ésta cabaña. Siete amables hombrecitos me cuidaban de una horrible mujer que ya había querido envenenarme con una manzana. Al cabo de los años algunos de ellos murieron de viejos o de alguna enfermedad. Y yo aquí estoy. Cuidando nuestros hijos y nietos y contándole a ellos y a aquellos que me quieran oir, que yo soy la verdadera y única Caperucita roja.
Patricia Lara Pachón