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Este era el adminículo que guardaba la abuela como un tesoro. A veces, abría esa caja alargada y brillante, dentro de la cual había ese paño blanco, prístino, impoluto entre el cual se encontraba ese objeto. Cuenta ella que la veía observarla sin atreverse a tocarla, era como fervor en la mirada e incluso en el embrujo que le producía el objeto. Siempre deseó ver qué era lo que había allí, pero la prohibición perentoria y el miedo que le provocaba la amenaza se lo impidió siempre. Se imaginaba una joya, quizá, una pulsera o un reloj. Jamás lo que encontró en ella al momento mismo en que por fin tuvo la caja entre sus manos. La abrió con temor a pesar de saber que ya era suya y lo que vio en ella le originó unas carcajadas inconmensurables.
El objeto era de madera muy pulida, alargado y al final ovalado, cóncavo y convexo. Tenía algo así como filigranas talladas magistralmente y algunas incrustaciones en piedras quizá preciosas. Imaginar el uso le causó hilaridad, aún cuando al leer el papel que se encontraba debajo del objeto y la tela lo sobrepasó aún más. Jamás se imaginó el uso real que la abuela le daba al objeto. Ahí, escrito con absurda corrección y además graficado explícitamente estaba.
El objeto en cuestión se usaba para desembarazar a las mujeres que habían tenido algún desliz, para mí era una simple y sencilla cuchara de helado.
Patricia Lara Pachón
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