Estoy sentada sobre una piedra frente a la casa de la finca a la que acabamos de llegar. Todo sucede muy rápido. Nace mi hermanita. Una niña muy chiquita que me quita la atención de mamá. Nos vamos a vivir a una casa fea, lejos de todo. En las casas a los lados hay gente desconocida. Me dan mucho miedo. Nos miran raro.
Una noche, me despierto entre agua y piedras. Todo el mundo grita. No se que hacer mas que agarrarme de lo que encuentro. Estoy muy asustada. Mamá me agarra de la mano y me jala. Me saca a un morro y le dice a mi hermano Jaime que me cuide. Que no se mueva de allá. Ella vuelve con Octavio, mi segundo hermano mayor.
La gente grita que va a haber un nuevo derrumbe.
Mamá me carga y agarra a mis hermanos. Corre a la carretera. Ahí gritando, para un Jeep. Les pregunta al conductor y a sus pasajeros si conocen a Alberto Lara. Ellos dicen que sí. Ella nos entrega a esos desconocidos y les dice que le digan a papá que ella se quedó buscando la otra niña.
Esas personas agarran también a mi mamá y la suben al carro. La llevan obligada mientras ella grita muy asustada. Llegamos al hospital, nos atienden.
Luego llega papá y le dice cosas a mamá. La culpa de todo. Ella le insiste que necesita ir a buscar la niña.
Pasan los días y nos llevan a mamá, a mis hermanos y a mi a una casa. Una señora pelea con papá, con mamá. Les suplica que se separen, que no le acaben su hogar.
Después estoy ahí, sentada en esa piedra como en el cuadro de la niguatera. Poniendo babas en un dedito y limpiando las suelas de mis chanclitas nuevas. Me tienen encantada los paticos que están dibujados ahí.
Es la primera cosa hermosa que tengo, y tengo muy poquitas cosas.
Es que después de esa noche de gritos y de tanto frio no nos quedó nada.
¿Mi hermanita? No. De ella no se supo nada.
Patricia Lara P
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