miércoles, 2 de abril de 2025

Atardeceres por encargo

Atardeceres por encargo 

















Un día mis hermanos y yo, dispuestos a reunirnos a pesar de la distancia nos pusimos la cita del amor fraterno. Cada uno prepararía su cóctel favorito y se instalaría mirando al ocaso. La charla con cada uno de sus amores cercanos sería necesaria pero la compañía de aquellos con los que compartimos la casa materna sería la principal. Al momento de ver la imagen del atardecer y con el corazón estrujado por las ausencias tomaría la primera foto e inmediatamente la compartiría con los demás.

Nos sentimos cercanos en el tiempo y en el espacio y cada una de nuestras vivencias de infancia bailó en cada nube, en cada arrebol, en cada susurro del viento.

Salud dijimos al unísono y nuestras manos obturaron otra imagen mejor.

Patricia Lara Pachón 


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jueves, 27 de marzo de 2025

A Julio

 

Medellín 26 Marzo 2025

Julio
Allá en el cielo

Recordado amigo. 
Te escribo ésta carta porque se que amas recibirlas tanto como responderlas, para expresarte el dolor que sentí al enterarme que eres humano y terrenal. Que te dominan los sentimientos mundanos.
Te creí fiel y no estaba realmente equivocada. Eres fiel a tí a tus sentidos.
Bueno, esas cosas suceden por idealizarte, culpa mía obviamente.
Nunca ser humano habría escrito como tu lo hiciste si no lo hubieras sido a cabalidad.
Aquello que sentía por ti murió en el mismo instante en que leí tu carta. No una dirigida q mí; una escrita a otra. A otra que también amaste.
Escribo para abrirte mi corazón sin esperar una respuesta; es lógico, tú ya no estás aquí, y por eso es que te envío esta carta al cielo.
Yo, aquella que te amaba.

Patricia.




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Estatus

 

Estatus 

William Ospina, en su ensayo "El canto de las sirenas" nos habla del consumismo. A mí en particular, obviamente, porque mis gustos literarios son otros, me pareció aburrido su ensayo. Pero, de alguna forma me inspiró para pensar en ello y para llegar a mis propias conclusiones.  Así que aquí va algo de lo que mi mente recreó a partir de su escrito.
Creo en mi infinita ignorancia que consumir nos llevó hasta donde estamos y que posiblemente eso mismo nos va a terminar llevando a la destrucción.
Las ganas de poseer de los seres humanos son insaciables. Queremos todo aquello que consideramos hace felices a los otros y que por lo tanto a nosotros también nos dará lo mismo. Creemos erróneamente, pienso yo. Que la felicidad debe ser un estado constante; cuando no hay nada que pueda ser eterno.
Los hombres empezaron siendo nómadas. Hasta que vieron la dificultad de ir de un lado para el otro arrastrando a niños, ancianos y también por supuesto a enfermos; así que escogieron una linda cuevita para que estuvieran protegidos mientras ellos iban a cazar y recoger alimentos.  Cada vez eran más los cavernícolas, así que una sola caverna no era suficiente, y obviamente buscaron otra, otras. Mejores, más cómodas pues ya tenían su primera experiencia. Buscaron entonces una  más grande, más ventilada la cual fue la envidia de los demás. 
Vieron la necesidad entonces de "amoblarla" y claro... La piel mas bonita, la roca, más cómoda fueron la sensación y todos las querían. Adicionalmente empezaron a construir vasijas que fueron siendo embellecidas para darse estatus, siendo entonces la envidia de los demás.
Ni hablar de las pieles para vestir, las plumas más coloridas.  Quien más tenía era más importante y por lo tanto más feliz.
Ahí creánlo o no empezó el consumismo ya que algunos se dieron a la tarea de confeccionar cosas para hacer que los otros pagaran por ellas creando brechas "sociales" cada vez más amplias.
Pasó por supuesto el tiempo y aquí estamos. Deseando todo aquello que hace felices a los otros. Hay algunas cosas que no cambian fácilmente. La crema dental "Colgate" hace parte de nuestra impronta, al igual que el jabón "Fab" por ejemplo. Es como si esos productos de siempre nos diera tranquilidad y hasta alcurnia (jajajajaja). Luego hay cosas modernas y atractivas que nos proporcionan de alguna manera "alegría" ya que en nuestro cerebro entendemos que si las usamos vamos a vernos más altos, más delgados, más jóvenes.
Con los años, los productos mágicos para evitar las arrugas, los tintes para cubrir las canas, las fajas para lucir más esbeltos se han vuelto parte importante incluso en nuestra canasta familiar.  Acudimos con más frecuencia a los gimnasios, los odontólogos hacen su agosto con diseños de sonrisa incluso algunos muy estrambóticos. Zapatillas cada vez más enormes con las cuales nos sentimos modernos y empoderados.
¡Válgame Dios! Los seres humanos no nos llenamos con nada. De la caverna grande hemos avanzado a la necesidad de tener enormes cantidades de dinero. El tío Rico se nos quedó en palotes. Todo se nos ha vuelto acumular, tener más que los otros quizá y solo quizá para que los demás sencillamente nos envidien.
¡Ah vaina!

Patricia Lara Pachón 




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Muriendo lentamente

 

Muriendo lentamente 

Mi abuela lo repetía cada vez que debía agacharse a recoger algo, después se lo oí decir a mi madre cuando notaba que se le dificultaba realizar alguna tarea de las cotidianas; también y desde hace ya un tiempo y con frecuencia yo misma lo constato al ir observando los estragos que el tiempo hace en mi cuerpo y en mi alma. "Envejecer es una mierda".
Me despierto en las mañanas muy cansada y a veces muy asustada ya que he dormido poco. A veces concilio el sueño casi a punto de que suene el despertador. Me tomo unos minutos antes de abrir los ojos pues de levantarme de inmediato vería chispitas.
Me siento y crujo. Algo en mi suena: A veces los dedos de las manos, las rodillas, el cuello.
Me levanto arrastrando los pies y voy al baño, me siento mientras miro el Facebook y dejo que mi organismo fluya.
Me lavo los dientes y las manos, temo verme al espejo para descubrir esa mujer que cada día luce más vieja y más cansada.
Subo las escaleras con desgano, veo mis gatos que inevitablemente me hacen sonreír. La vida con ellos es mejor, más buena. Los acaricio mientras los alimento, los lleno de mimos. Preparo el desayuno para mi esposo, a veces en automático. Si lo razono olvidó algún detalle. La memoria ya no es tan buena. Le llevo los huevos y el café a Ricardo, le doy su medicina, le alistó la ropa y saco a Capitán.
Pienso en la infinidad de pequeñeces que me esperan en el transcurso del dia. Elijo qué hacer. Ya que hoy por hoy no alcanzo a hacerlo todo. La vejez, la maldita vejez, me posee, y pienso como mi madre y mi abuela. E incluso como el mismísimo Dorian Gray que prefirió hacer un pacto con el diablo. Entregarle su alma inmortal con tal de no envejecer. Y el mismo Gabo, que dejó plasmados en varios de sus personajes ese mismo temor; Recordemos a la mamá de don Florentino Ariza y su demencia senil, al mismo juvenal Urbino. En cien años de soledad; José Arcadio amarrado a ese árbol dominado por la locura de la vida, de los años. Dicen que las comparaciones son tontas pero a veces ayudan a soportar o por lo menos a entender.
Debo admitir que a veces... El cansancio me posee. 
Eso sí, me he dado cuenta y para beneficio propio que me he vuelto aún más egoísta.  Alcance o no... Saco tiempo para mí, para mis cosas. Para pintar, escribir, tejer, coser, hacer algún ejercicio.  Eso no hace por supuesto que mi pensamiento cambie. No señor. La vejez, envejecer es una mierda.
Mi cara antes tersa, mi piel de porcelana, el brillo de mis ojos, la suavidad de mis labios se han ido. Ahora ante mi, y no exactamente erguida veo un cuerpo algo fofo, un cabello plagado de canas, una cara con manchas y arrugas y una sonrisa que se esfuerza en permanecer. Insisto... En qué la vejez es una horrible mierda.
Algunos se conforman pensando que hubo quienes no lograron llegar a nuestra edad. ¿Y el beneficio? Quizá el de irse uno volviendo invisible, inservible, un estorbo, un trasto viejo. Y terminar arrumado en un mueble en la sala, o en el propio cuarto con olor a viejo... A vejez, a decrepitud a dolor y a olvidos.
Es que definitivamente la vejez señores, es una total y absoluta mierda.

Patricia Lara Pachón 

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Me dediqué a ser esa

 

Me dediqué a ser esa.
Aquella que los otros deseaban tener en sus vidas. Los complací. Les di de mi todo lo mejor que pude. Y yo, esta que soy. Se oculta atrás de mis párpados. En la media sonrisa que apenas aflora, en una onda de mi cabello y en algún vericueto de mi alma.
¿Alguien podría amar esta mujer que soy? La real, la verás, la auténtica.
No sé si algún día me decida a mostrarme. Por lo pronto aquí estoy, enredada profundamente en mi alma.

Patricia Lara Pachón 




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Ella y yo

 

Ella y yo


Ella

Esa mujer que me habita

se adaptó a mí 

cómo yo a ella

cohabitamos

este cuerpo antes mío ahora es nuestro.

Le temí durante mucho tiempo

me aterraba

Ahora estamos juntas hermanadas 

nos complementamos amorosamente

llenamos nuestras falencias

Y somos mejor juntas que lo que fuimos antes...

Separadas.


Patricia Lara Pachón 



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El mirón

 

Siento la mirada por encima de mi hombro 
El hombre atrás de mi se interesa en mi escrito
Se acerca a leer 
¿Será que me comenta?

Patricia Lara Pachón 




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Fotografía

 

Levanta el celular 
se lo dirige al rostro 
enfoca
sonrie mientras encuentra el mejor angulo
obtura
La sonrisa desaparece al instante
incluso el brillo momentáneo de los ojos desaparece.
Así son hoy
Las fotografías 

Patricia Lara Pachón 





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Me gusta...

 

Me gusta recordarte
Tus ojos sonriéndome
Mirándome
Tu sonrisa fresca
Franca
Tu voz paciente
Amorosa
Tus pasos
Tu caminar
Tus huellas
Adoro esos momentos en que regresas a mi memoria
Y te veo así
Amándome.
Patricia Lara Pachón 







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Carta para mi

 

Carta para mi
Empiezo a leer la carta de Ilda que escribió para ella misma y decido que yo, hace los años de Matusalem no recibo una. Optimista que soy debo admitir que recibí un par de cartas de un acaso enamorado y un par más de amistades del mundo. Yo misma me he escrito dos que tres. Así que aquí voy.
Hola Patricia Lara Pachón.
Te escribo ésta misiva con el fin de expresarte lo que pienso hoy.
Ayer pensaba quizá diferente y mañana muy seguramente sucederá lo mismo.
Hoy te digo que la experiencia de viajar a una ciudad completamente desconocida no fue apabullante. Hoy la mujer que eres siente que no le teme a nada. Hoy la mujer que soy se puede comer al mundo saboreándolo.
Se que pensabas que ibas a encontrar a tu mamá muy mal. Verla desvalida pero con ganas de vivir más vida te da tranquilidad. Es que el dolor, la tristeza no te da para más que desear un salida. Pero ver a mamá así te hace pensar en una entrada. En posibilidades.
Se que te sientes mal a veces por tu forma de pensar y de saber la vida, pero es totalmente respetable.
Hoy hablé con mamá muchísimo, repetí y repetí lo mismo sin cansancio y fue hasta lindo.
Me ví en ella en un futuro y me ví sin dolerme. Despacionadamente.
Las cosas no pasan. Nos pasan y hasta nos sobrepasan. Pero como a veces digo, Dios nos da las peleas que sabe podemos pelear y muy seguramente ganar.
Patricia, vives el día a día sin mayores expectativas. Te apasionas y desapacionas y ahí vas. Un paso a la vez, un día seguido por otro día.
No sé si decirte que sigas así o que cambies.  Mañana nos veremos.
Yo,
Patricia Lara Pachón 




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La vejez

 

La vejez 


Con los años. Hablo mucho de los años. Uno nota todos esos cambios que han ido ocurriendo paulatinamente. Pero, que al momento de percatarnos son sorpresivos, sorprendentes. Es como si uno diera un parpadeo y zaz eres un viejo.

Las canas, las arrugas, la piel tierna, los músculos flácidos, la barriga y los senos caídos, el poco cabello. Toda una lista de desastres inesperados.

Y eso solo en lo físico, en el exterior. Adentro ni hablar. Dolores van a vienen, aquí, allí y más allá. Hoy duele una rodilla, mañana el pie y después... El alma. Ah vaina jodida y loca.

Y yo aquí, aún preguntándome para qué es que estoy en este valle de lágrimas. Preguntándome si he hecho algo que valga la pena o si aún tengo tiempo de hacerlo. Es que a veces solo tengo ganas de sentarme a la vera del camino y esperar el fin. ¿El fin? ¡Ah vaina!

Yo aquí pensando pensamientos pensantes. De esos que me llenan de desasosiego y me exprimen las ganas de todo.

Patricia Lara Pachón 






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Caperucita y otras

 

Caperucita y otras

En un pueblo roñoso y polvoriento, olvidado de Dios y del mundo, metido en medio de unas montañas y con un río triste atravezándolo; vivía una graciosa viejecita que juraba a pie juntilla haber sido en el pasado la misma Caperucita roja.  A todo aquél que quería oírla le contaba la siguiente historia.
Yo, vivía en una casa hermosa, de paredes muy blancas y cortinas que se mecían a la suave brisa de las tardes primaverales.
Mamá, era maravillosa y me quería tanto que me daba gusto en todo aquello que podía. Así, que tejió hilo a hilo, puntada a puntada una caperuza roja. El hilo inicialmente blanco se tiñó de rojo; de tantos pinchazos que se daba la pobre. Es que de coser o tejer ni idea tenía. Y para terminar de ajustar, la prenda olía terriblemente mal. Pero, ni modo, había que usarla ya que no podía romper su corazón en mil pedazos.
Un día, mamá me dijo que la abuela estaba enferma, que había que ir a su casa en medio del bosque a llevarle tortas y miel. ¡Tortas y miel! jajajaja. Parecía chiflada la pobre. Buenoooo ella era medio chiflada muy. En realidad le sentarían mejor a la abuelita un caldito de gallina y algunos medicamentos para sudar la peste que tenía. Por supuesto, juiciosa como yo era, obedecí a mamá. Ella me recomendó que me fuera mejor por el camino largo, pues por el corto habrían muchos peligros. Un lobo vivía hambriento por esos lares. 
Yo, que quería deshacerme de la olorosa caperuza me dirigí segura hacia el camino corto y peligroso y por supuesto hacia el lobo feroz.
El pobre animal me olió desde lejos y corrió a ocultarse de mis pestilentes intenciones.
Me tomé mi tiempo eso sí, y lo esperé y esperé y nada. 
Así que, recogiendo flores aquí y allí; con la excusa de llevárselas a la abuela llegué a su puerta.
Toqué y toqué pero nadie atendió.  Recordé un cerdo que soplaba para abrir la puerta y como un fuerte olor salía desde dentro de la casa. Pensé, que a lo mejor; la vieja había estirado la pata y ya hedía. ¡Pero no! Mamá le había hecho a la abuela, una bufanda tan apestosa como mi capota. A lo mejor era eso lo que le había puesto tan mal a la abuelita.
Llegué hasta la cama y la ví bien abrigada. Noté que tenía los ojos febriles y muy grandes y le pregunté; Abuelita, ¿porqué tienes los ojos tan grandes? Son para verte mejor hijita. Abuelita, ¿Porqué tienes las orejas tan largas? Son para oírte mejor hijita. Abuelita, ¿Porqué tienes la nariz tan chata? Para no respirar éste horrible olor hijita.
Bueno, igual ni ella ni yo queríamos entristecer a mamá y llevábamos con dignidad sus prendas tan apestosas como afectuosas.
Decidimos entonces fingir un ataque del lobo. Destruimos prácticamente la casa. Arrojamos a la chimenea ambas prendas, quemamos otras más para que no fuera tan evidente nuestra acción. Atrajimos al lobo con comida deliciosa y remilgos. Y el pobre cayó en nuestras garras.
Lloró, suplicó, pidió perdón.  Así que movidas por la compasión lo dejamos ir al río y fingir su propia muerte. Pero... Como las cosas a veces no salen como uno desea. El cazador que había oído los gritos y destrozos vio salir al lobo de la cabaña y le dió un tiro certero en mitad de la frente. Al oír los disparos y aterradas por lo que habíamos hecho mi abuela y yo, le abrimos la barriga al lobo y se la llenamos de piedras para desaparecer las pruebas de nuestras acciones. Cómo pudimos empujamos al lobo al rio, con tan mala suerte que nosotras mismas caímos en él.  Un golpe, un arañazo, agua que entraba a raudales por boca y nariz. Vimos la muerte en muchas oportunidades; hasta que al fin me desperté sobre una roca candente. La abuela había desaparecido y yo a punto de expirar fui vista por unos indígenas que al verme se pusieron de rodillas dando gracias al Dios sol por la cena.
Sin poderme mover vi como alistaban el fuego y se relamían al hacerlo. De pronto el astro se ocultó por milagro de Dios. Los pobres muertos de hambre y miedo corrieron a ocultarse dejándome a mi triste suerte. Temerosa, me arrojé de nuevo al rio dispuesta a morir. Me desperté después en ésta cabaña. Siete amables hombrecitos me cuidaban de una horrible mujer que ya había querido envenenarme con una manzana. Al cabo de los años algunos de ellos murieron de viejos o de alguna enfermedad. Y yo aquí estoy. Cuidando nuestros hijos y nietos y contándole a ellos y a aquellos que me quieran oir, que yo soy la verdadera y única Caperucita roja.

Patricia Lara Pachón

Felicidad

 

Felicidad 

Antes escuchaba a algunos decir que habíamos nacido para ser felices. Yo respondía; que va. Nacimos para sentir.
Ante está disyuntiva me enfrenté a un grupo no muy grande de personas. Diferentes edades y sexo. Diferentes estilos de vida.
Y les pregunté para ellos que es la felicidad.
Cada quien tenía una idea bien diferente. 
- La felicidad para mí es un instante. Ese en el cual aquel que amo me mira a los ojos y me hace olvidar de todo lo que no sea él.
- Para mí es el olor del cuello de mi bebé.
- Viajar es lo que me hace sentir pleno. En cada uno de esos recorridos soy yo y el mundo. No existe nadie más y es en esos momentos que la felicidad me domina íntegramente.
...
Así, en sucesión cada una de las personas fue dándome su idea personal sobre su felicidad.
Yo, me sentí entonces obligada a expresar la mía.
- Opino, dije, que la felicidad es un instante que sobrevaloramos.  Para mí lo verdaderamente importante es la tranquilidad. Ese estado apacible en el cual poco o nada nos preocupa o molesta. Ese estado en que somos sin ser y vivimos casi imperceptiblemente.

Patricia Lara Pachón 

Fantasia purgatorio

 

Fantasia purgatorio 

Fue un milagro que lograra cumplir su fantasía.  Tenía años deseándola, añorándola. Y por fin la tenía así; entre sus brazos. Se sentio pleno, maravillosamente bien.
No importaba que al momento del evento ella estuviera entre sus brazos fría, yerta. No importaba tampoco que yacieran ambos en ese cada vez más grande charco de sangre aun tibia y pegajosa. Tampoco importaba que fuera él, justamente él, aquel que le había arrancado la vida.  No importaba tampoco como lo había logrado, siempre le habían dicho que el fin justifica los medios.
Sabía a ciencia cierta que estaba y estaría en el purgatorio quizá por siempre y para siempre.
Era lo que le había ofrecido a ella, a aquella que era su amor.  Amarla y adorarla hasta el fin de los tiempos.
¿Purgatorio? El cielo no le habría servido de no haber podido estar con ella.

Patricia Lara Pachón 

Tercera edad

 

Desde hace años he visto a una señora de la tercera edad ir a hacer compras de mercado. Dejé de verla un tiempo y de pronto me la encontré de nuevo. La vi más desgastada, más agotada. Esos ojos antes brillantes y vivos los noté cansados. (La vejez es mi talón de Aquiles) Pensé al verla que ya alguien más debería ayudarla. Lo cierto del caso es que un día, iba por la calle y la vi delante mío. Con caminar cansado la pobre mujer. La veo llegar a su casa y saludar en la entrada a dos señoras. Una de ellas en silla de ruedas y la otra ayudándose con un bastón. Se me hizo la luz inmediatamente... La señora vive con sus hermanas; solteras o viudas y la que está físicamente mejor es ella.

Avemaría purísima.

La vejez es realmente triste.

Yo.

Patricia Lara Pachón 

Caída

 

Di un traspiés y rodé por las escaleras. Peldaño a peldaño, giré en el descanso y caí al rellano vuelta un ovillo.

Sentí gotear sangre de mi cabeza, escuché el crujido no solo de mis huesos, también de la madera contra la que me golpeaba.

Tas, tas, tas, crac, tas, tas.

Mi cabeza se vacío de todos los pensamientos posibles y se llenó de dolor y miedo. 

Me ví ahí como una muñeca rota, mis lágrimas se mezclaban con mi sangre y el dolor se clavaba en cada espacio de mi cuerpo.

Órganos que desconocía palpitaban al unísono y eran como si alfileres se clavaran aquí y allí y más allá.

Mi respiración se iba apagando debido al horrible dolor que me poseía entera.

Me ví rodar una y otra vez y sentí el agudo dolor de igual manera. 

Misericordia, la eternidad cayendo era insoportable.


Patricia Lara Pachón 

Llorona

 

La escucharon gritar y llorar en medio de esa tremenda tormenta. El rio rugía y amenazaba salir de su cauce y ella gritaba igual. Eran alaridos desesperados y desesperanzados. A veces también se escuchaban a lo lejos los  quejidos de un niño. No entendían porqué lograban oírlos, ya que la tempestad parecía ser el fin del mundo.
Se me pusieron los pelos de punta, cuando algunos de mis compañeros quisieron salir a auxiliarlos. Yo me opuse perentoriamente. Me habían hablado tanto en mi infancia y juventud de la llorona, que nada ni nadie me haría ir a su encuentro.
No supe cuánto tiempo transcurrió. Solo sé que la luz de la mañana se fue abriendo paso en la oscuridad de la noche. Ahora solo quedaba una llovizna pertinaz y un frío tan intenso que calaba los huesos.  
Desde hacía unas horas no se escuchaba nada. Ni la mujer, ni el niño y curiosamente tampoco el rio.
Nos armamos de valor, abrimos la puerta que había sido trancada fuertemente por dentro y salimos a ese mundo que nos había aterrorizado.  Pensábamos observar ramas caídas, rocas arrojadas a granel, destrozos en general del aguacero.  Pero no, la calma se reflejaba desde  el rio, mismo que serpenteaba apacible y recorría su cause con total normalidad. Pero en medio de toda esa calma y tranquilidad, en el centro mismo del patio frente a la casa, una mujer grisácea tendida en el piso. Las piernas separadas en una posición de muñeca rota y un bebé amoratado entre ellas, con los labios abiertos y los ojos mirando arriba la nada, y atado a ella por un cordón que provenía de su interior, de adentro de ella.
Quizá ambos estarían con vida si el terror de esos hombres no les hubiera impedido salir.
Esa imagen quedaría grabada en su memoria a sangre y fuego. Y el remordimiento no les daría paz por el resto de sus vidas.
Patricia Lara Pachón 

jueves, 6 de marzo de 2025

Rencorosa

 Y entonces él le dijo... "Es que eres rencorosa." Ella con una media sonrisa en los labios y un brillo bailándole en los ojos dijo que sí. Y que no solo lo era, sino que además le encantaba serlo. La sonrisa se le quedó en el rostro un buen rato. Mientras recordaba la injuria y su respuesta. La recriminación y su pequeña "venganza". 

Le gustaba pensar que así como la vida no se queda con nada. Ella tampoco.
A veces si se cuestionaba por haberse tardado en la respuesta. Y aseguraba como antaño lo hacía la abuela que era que el indio se demoraba un poco en entender. (Jajaja) Sobre todo ella. Que agarraba las cosas en el aire y que pensaba siempre que al perro no lo capan dos veces.
Bueno, es que ella como casi todo el mundo no era una santa. Así que la defensa propia era una ley que se proponía defender a como diera lugar.
Vengativa jajajaja. No, por supuesto.

Patricia Lara Pachón

El eterno condenado

 Amaneció, vio el sol salir por su derecha, lo vio ascender por el azul del cielo, lo percibió estático arriba y después descender raudo hasta meterse entre las montañas a su izquierda. Una sucesión interminable de días y de noches. Y él ahí. Sufriendo las inclemencias del tiempo, del clima.

Habría él querido moverse del sitio en el que se encontraba. Habría querido poner un miembro adelante del otro y partir. Y él lo hizo. No sé puede decir que no lo intentó al menos.  Solo que por más que intentara irse, huir... No había hacia dónde.  El astro sol y la señora luna eran sus inmisericordes castigadores. Y él, el eterno condenado.

Patricia Lara Pachón 

Mascotas

 Cosas que pasan cuando uno tiene mascotas y casi que se puede decir, les lee la mente.

Ayer vino Bastian al cuarto, tomó agua y se fue, al momento regresó mirando a Ricardo. Ellos tienen así como un pacto de amor según el cual, el gato lo busca y el agüelo lo peina y acompaña mientras come. Eso ha cambiado un poco desde que mi hija retornó a la casa. Ella es la mamá, así que al parecer el gato teme que si él busca al agüelo, la mamá se ponga celosa. Bueno, lo cierto del caso es que ayer el Bastian vino en tres oportunidades. Le dije a Ricardo, "ese gato te está buscando", así que él se puso en pie y lo siguió. Bastian entró al estudio de la mamá y buscó dónde acurrucarse para que lo peinara. En estos días la mamá los había reñido por arañarle el sofá y los amenazó con no dejarlos entrar más. Así que los gatos, Borges incluido ya no se suben al sofá.  Bastian buscó entonces dónde acomodarse y al no encontrar salió del estudio, entro al cuarto de la mamá y se subió a la cama seguido por supuesto del agüelo que procedió a cepillarlo.
No sé porqué sentí yo, que no quería que la mamá se sintiera mal porque él estaba extrañando los mimos del agüelo.
La gente ni lo creerá pero es cierto... Completamente cierto.
Yo.
Patricia Lara Pachón

Atardeceres por encargo

Atardeceres por encargo  Un día mis hermanos y yo, dispuestos a reunirnos a pesar de la distancia nos pusimos la cita del amor fraterno. Cad...